Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Perdonarse a uno mismo es el desafío más difícil que un hombre puede enfrentar.


La mente humana es increíble. Es capaz de llevarnos a los más hermosos lugares o a las más horrorosas de las pesadillas, al cielo o al infierno. Mi mente es como una máquina del tiempo que veces pierde el control y me lleva de un lugar a otro en milésimas de segundos. Viajo días, años, décadas en un tiempo infinitesimal.

En esta etapa de mi vida quiero recuperar el control. Quiero ser amo de mi destino y capitán de mi alma. Sin embargo, me cuesta tomar el timón en medio de la tormenta. Hoy quiero recomponer mi relación con las mujeres, pero mi mente es cruel y se burla de mí. Me hace viajar desde el presente hacia al pasado antiguo. O a los tiempos oscuros, como suelo llamarlos. Esa época en la que no conocía la seducción, cuando el sentido común era el menos común de los sentidos, cuando mi autoestima recibía golpe tras golpe al ver a los demás triunfar donde yo fracasaba.

Observando unas fotos publicadas en cierta red social, caí en la página de una antigua compañera del secundario: Teresa. Era una de las pocas mujeres que durante los últimos años de dicho período interactuaba conmigo. No demasiado, realmente. Simplemente jugaba a las cartas con mi pequeño grupo de amigos durante los recreos.

Aquel es el recuerdo más claro que tengo de ella. Noté que estaba casada con un muchacho apuesto de nombre y apellido noble. Por su apariencia (sonando prejuicioso), diría que era un hombre pudiente. Los ricos suelen tener un fenotipo particular. Mejor calidad genética, tal vez y, por supuesto, mejor acceso a servicios de la salud, educación y otras variables que los proyecta como hombres exitosos en el camino de la vida.

Teresa no era particularmente atractiva, así que, siendo una chica de treinta y dos años, había hecho sus jugadas astutamente en el juego de la existencia. Para una mujer de esa edad, había conseguido algo muy por encima de sus expectativas. Bien por ella.

Al ver su foto, me retrotraje al último momento en el que nuestros caminos se habían cruzado. Yo tenía veintiséis años y estaba saliendo de la Biblioteca Nacional. Acababa de asistir a la presentación de un libro que se había redactado a partir de una investigación en la que yo había participado. En aquel momento, estaba trabajando para una renombrada empresa de telecomunicaciones, pero no era feliz allí y precisamente estaba buscando volver a mi trabajo como investigador de fenómenos sociales. Al salir del magnánimo edificio, la reconocí y procedí a saludarla. Estaba tal cual la recordaba. En aquel entonces, si bien era bastante torpe socialmente, tenía esa energía especial para sociabilizar, generar empatía y hacer reír a las personas. Le recordé nuestros épicos juegos de cartas en los recreos y le mencioné que estaba trabajando para una muy reconocida empresa internacional.

Quería parecer importante. Quería probarle que ya no era aquel estúpido niño que solía ser la victima predilecta del bullying social. Ese niño arrogante que había vivido en un mundo de adolescentes, el cual le había sido ajeno. Un pobre desgraciado al que solo le importaba mantener el mejor promedio y que carecía de las más básicas habilidades sociales. La hice reír un rato con algún comentario circunstancial mientras le mencionaba que aún veía a mis antiguos amigos y que, de hecho, ellos eran actualmente mi orgulloso grupo de pertenencia.

De pronto, con la velocidad de un relámpago, mi mente me llevó aún más atrás. Al momento cuando la había visto por anteúltima vez. Fue en la fiesta de egresados de mi hermano. Tenía tan solo diecinueve años. Allí tuvimos una breve interacción en la que le mencioné una vez más los juegos de cartas con el objetivo de generar empatía y humor. Igualmente yo era otro. Una versión aún más tosca de mí mismo. Recién salido del secundario, pero con la madurez social de un adolescente tímido de dieciséis años. Aún estaba intentando construir mi grupo de pertenencia y conocer nuevas personas, grupos de amigos y, por qué no, demografías. Aquella fiesta la recuerdo como una suerte de pesadilla. En ella pude vislumbrar a mis antiguos compañeros que, no hacía demasiado tiempo, habían disfrutado atormentándome. Observé particularmente a uno de ellos, un seductor natural que había conquistado y desvirgado a casi la mitad de las mujeres de la escuela. Lo miraba con envidia mientras besaba a una chica anónima que pasaría pronto a ser descartada como un pañuelo de papel. Con mi tosca actitud y sin ningún conocimiento, procedí a intentar seducir a una amiga de mi hermano. Había venido a la fiesta a saludar a sus antiguos compañeros de primaria. Mora era su nombre. Por supuesto, mis intentos fueron fútiles. La verdad, no sabía cómo proceder. Tenía el don del habla, pero carecía de las herramientas emocionales. Me da pena y vergüenza recordar esos tiempos. Tal vez un poco de bronca. Perdonarse a uno mismo es el desafío más difícil que un hombre puede enfrentar.

Al aceptar mi fracaso inminente con Mora, comencé a conversar con otra chica: Guadalupe, con la que tampoco obtuve resultados. Irónicamente la volví a ver unos días después en una circunstancia totalmente distinta. Tampoco tuve éxito en aquel reencuentro.

A la fiesta había invitado a una chica, Estefanía. Con ella cursaba inglés en un instituto privado. Realmente me atraía, no obstante, en tres años de cursada jamás me había atrevido a realizar un acercamiento. Durante todo ese tiempo nunca había dado el primer paso. Mi contacto con ella se remontaba a un momento de mi vida cuando existía una versión social de mí mismo mucho más obsoleta. Recuerdo haberla acompañado varias veces a su casa luego de las clases, cuando tan solo tenía diecisiete años. En aquel entonces, ni siquiera me animaba a invitarla a salir. Menos aún a aproximarme a su rostro para besarla. Esa noche, en aquella fiesta, hice lo que debí haber hecho hacía mucho tiempo antes, pero, lamentablemente, lo hice de una forma totalmente patética. En lugar de besarla, simplemente le dije que me gustaba y que quería salir con ella. Ella me respondió que tenía novio. Que estúpido que fui. Si esto hubiese ocurrido en la actualidad, ya la hubiese penetrado sin piedad. Ni siquiera le hubiese dicho algo. La hubiera agarrado y la hubiera besado. ¿Qué es lo peor que podía pasar? Mejor quedar como osado que como quedado, mejor pedir disculpas que permiso. Consejos políticamente incorrectos que, sin duda, dan resultado. Hoy en día, si la viera de vuelta, ya no me interesaría. Debe tener como treinta años. Además de vieja, debe estar arruinada por la cantidad de drogas, alcohol y tabaco que consumió desde una temprana edad. Si no está casada o en pareja, muy probablemente se haya convertido en una treintañera resentida o, peor aún, en una treintañera arrogante. O tal vez ninguna de la dos, no lo sé. De todas formas, no me interesan las mujeres de esa edad. Si la manzana está podrida no hay que ir al cajón en busca de otra, sino al árbol. Como digo siempre: por lo menos una mujer de veinte aún no ha aprendido a odiar a los hombres.

Me retiré de esa fiesta temprano. Todos los hombres que conocía estaban con una chica intercambiando saliva. Uno de ellos estaba sometiendo con su lengua a Teresa. La miré antes de irme y ella me devolvió la mirada con una expresión de indiferencia. Me sentí pequeño, agobiado, deprimido y derrotado. La semilla del rencor había sido plantada.

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