Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Tribuna de opinión

Es impresionante como varias historias se van hilando a lo largo del tiempo, como varias vidas se van uniendo, conociendo y apoyando para hacer de la existencia algo más agradable.


Canela se encontraba, como de costumbre, a las afueras de su casa, sentada en el césped, mirando hacia las montañas. Nada más agradable que aquella vista. A lo lejos lograba divisar la quebrada en la que varios niños de la zona suelen ir a bañarse. Cómo le gustaría estar allá con ellos, disfrutando de la fría agua, poder saltar desde una piedra al agua y volar. Volar por un instante, un breve momento. Llueve, gotas pequeñas han empezado a caer y le resbalan por las piernas. A ella le encanta. A su mamá no. Piensa que no pasará mucho tiempo hasta que su madre le obligue a entrar a la casa. Aun así, disfruta los minutos que le quedan. Porque es agradable estar así, sin que nada más importe, perdiendo la noción del tiempo, guardando en su corazón esos pequeños detalles.

Ese se había convertido en su lema. Desde hace ya años atrás, había decidido disfrutar del momento, del presente. Tratar de olvidar el pasado; que hiere, lastima, ata, atormenta y poco a poco va ahorcando el corazón, la mente y contaminando todo el cuerpo. Mientras que vivir cada instante hacía de los días algo especial. Como en esa ocasión, disfrutar del aroma de la tierra mojada, del verde de la naturaleza, del canto de los pájaros, del grito desesperado de un niño… ¿un grito?..., ¿un grito desesperado?..., ¿qué podría ser eso?..., ¿de dónde vendría? Canela se esfuerza por encontrar con sus ojos, lo que sus oídos ya captaron.

En una finca cercana logra ver un pequeño atado a un árbol. Flaco, cabello negro y corto, unos cinco años, piel trigueña. Ella se queda mirando por un rato. El niño llora. De repente ve llegar a un hombre de unos cincuenta años, estatura mediana, blanco, canoso en el poco cabello que le queda y de contextura robusta. El niño trata de liberarse de su atadura, pero le es imposible. Mas recibe una caricia por la mejilla, le sigue al pecho y termina en su entrepierna. Parece resignado a escapar e impedido a realizar otra cosa más que acceder a los caprichos de aquel hombre. Canela, atónita, no puede creer lo que ve, tiene ganas de vomitar, de correr y hacer algo, de gritar pidiendo ayuda, denunciar lo sucedido. Mas sus piernas y su cuerpo no le dan para realizar todo. Su cuerpo inmóvil, sólo observa con repugnancia. No puede entender cómo una persona es capaz de hacer tanto horror, no puede creer que en aquel bello lugar de ensueño esté pasando tan atroz suceso. Ni siquiera puede imaginar desde hace cuánto tiempo atrás eso ya estaba aconteciendo y ella no se había percatado sino hasta ese preciso momento.

¡Canela! —grita su madre por la ventana. Pero ella se encuentra tan dentro de sus pensamientos que no logra escucharla sino hasta su tercer intento—. ¡Canela Estefanía! —repite su mamá—. ¿Te has vuelto loca? ¡Sabes que no puedes estar mucho tiempo afuera y menos exponerte a ese clima!

Dejar de pensar en lo sucedido le era imposible. Apenas había logrado cenar y claramente no podía conciliar el sueño. Toda la noche se la pasó recordando una y otra vez la imagen impactante de aquella tarde. Y, lamentablemente, sus demonios habían salido a flote; esa fue la gota que rebosó la copa, que devolvió a su memoria el pasado oculto, olvidado. Aquel que tanto le había herido, física y sentimentalmente. Pero sabía que no podía seguir cultivando el rencor, porque mata lentamente, y a ella le aceleraría la muerte.

Eventualmente cada uno decide qué tanto le afectan las cosas. Y saber perdonar y sanar es un alivio para el alma y el cuerpo. Así que Canela se estaba esforzando por no dejarse consumir nuevamente por sus demonios. Si bien estaba experimentando un sentimiento de rabia, sabía que tenía que controlarlo. Pensar con cabeza fría y lograr actuar para defender a aquel niño era su propósito. Así que, a la mañana siguiente, y a la siguiente, y a las próximas durante una semana, estuvo esperando todo el día en el mismo lugar de hacía unas tardes atrás, para poder capturar las evidencias necesarias para denunciar al tipo aquel.

Hasta que, como hacía ocho días atrás, esa tarde volvió a escuchar los gritos del niño. Pero ya no lograba verlo. El árbol, del que antes se encontraba atado, ahora estaba vacío. Rápidamente cogió sus binoculares y empezó a escudriñar la casa. Cuando encontró el rostro del niño tras una ventana, su cuerpo se le congeló. Pronto vio la figura de aquel hombre. Consigo llevaba una cámara de alta resolución. Lo único que conservaba de su padre. Y la puso en funcionamiento. Esa noche pudo dormir un poco, después de tanto pensar en el momento en que entregaría a las autoridades las evidencias que salvarían a su pequeño amigo. Porque ahora, en su corazón, él era su amigo.

A la mañana siguiente se puso a pensar que, aún con esa cámara, no había podido captar bien los sucesos y que tal vez en la estación de policía del pueblo no lo tomarían como una prueba concisa. Así que, aún lamentándose por su demora para sacar de aquella cárcel a su amigo, esperó el momento en el que pudiera tener una mejor evidencia que acusara al tipo asqueroso por privar al niño de su derecho fundamental de vivir. Porque aquella no era una vida. Dos días después volvió a ver al niño atado al árbol. Tomó unas fotos. Tomó muchas fotos. Aquel pequeño cada vez estaba más delgado y sus ojos no transmitían luz.

Por un momento se quedó mirando el infinito. Había olvidado el pequeño detalle: que en su pueblo, el cual desde antaño ha sido azotado por la violencia, no había policías. El Estado eran los grupos al margen de la ley. Ellos podrían tomar cartas en el asunto, pero ella no quería que ese hombre simplemente muriera, ella quería que la justicia de su país se evidenciara. Pero, ¿cómo lo lograría? Si allí no podía entrar nadie externo, mucho menos la fuerza pública. Tampoco podía darse el lujo de esperar eternamente y dejar en el olvido a aquel pequeño.

Por fin supo qué hacer. En dos días tendría que ir a la ciudad para su cita de control, así que aprovecharía esa salida para entregar sus registros a las autoridades o a alguien que lograra hacer algo. Así mismo, había alistado una cajita de madera en donde tenía unas cartas que le había escrito a su padre y que quería hacérselas llegar, porque presentía que no le quedaba mucho tiempo.

María sería quien resultaría ayudándola. La enfermera que le ayudaba al doctor que trataba a Canela y quien tiene un novio abogado fue la ficha clave en este tormento. Ella le prometió a Canela trabajar todo lo posible para hacer justicia a aquel pequeño. Porque también sabía qué era el sufrimiento. Desde los once años había sido reclutada, en su pueblo, por un grupo armado ilegal, quienes le habían obligado a dejar su casa a tan corta edad y cambiar sus juguetes por un arma, unas botas y un camuflado. A dejar su juventud y convertirse en la mujer del comandante, una de las tantas. Para luchar por el pueblo, por la paz, por la libertad. ¿Cuál libertad?, ¿qué paz? ¿Por el pueblo?, ¿o contra el pueblo? Y como pasan en las buenas historias, su vida había logrado cambiar al escaparse de aquel yugo, y con esfuerzo y trabajo, lograr salir adelante y ponerse a trabajar, ahora sí, para el pueblo. Eso le gustaba. Poder atender a los enfermos, escucharlos, acompañarlos y ayudarles en algo a aliviar su dolor. Así fue como conoció a Armando, quien pasó de ser su paciente a su pareja.

Es impresionante como varias historias se van hilando a lo largo del tiempo, como varias vidas se van uniendo, conociendo y apoyando para hacer de la existencia algo más agradable. Para dar al mundo amor. Pues, aunque pareciera que son más los malos, la verdad es que el mundo está lleno de gente buena, personas que van iluminando la vida y que hacen menos ruido que los “malos”. Porque son esos los que resuenan, los que arman el alboroto.

Así mismo, María fue la encargada de hacer llegar el paquete de cartas al señor Rodríguez. Cartas en las que Canela confesaba sus miedos, rabias, tristezas y también su amor. En las que le reclamaba a su padre por todas las veces en las que no supo expresarse y las agredió verbalmente, y aún esos momentos en que, de pequeña, él golpeaba a su mamá y que, aunque todo lo negara, la imagen seguía en su memoria. Y eso era lo que no lograba entender: cómo podía negar lo evidente. Otra de las cosas con las que su corazón se desplomaba, era el haberse enterado que él tenía otra mujer y que, aun así, con prueba en mano, dijera que todo era falso. Tantas cosas la entristecían que le hicieron perder la confianza en los hombres, que le llenaron su corazón de barreras, de odio, de tristeza. Que lo desestabilizaron tanto, hasta el punto de dejar de latir al ritmo normal, hasta el punto en el que su cuerpo dejó de funcionar como tendría que hacerlo.

Aunque tarde, aprendió que tenía que tomarse las cosas con calma. Que aun con todo, tendría que recordar también los buenos momentos. Los días en los que veía a su padre como un héroe, como el ejemplo que quería seguir, a tal punto que sólo importaba él. Mientras que ahora, en su corazón, había un gran amor hacia su madre. Era una confusión de sentimientos. A él lo respetaba y, aunque ya no lo estimaba como antes, le deseaba todo lo mejor: la alegría, la paz, la tranquilidad, el cambio para ser mejor persona, mejor cristiano. Todo eso le deseaba, le confesaba y le explicaba en las cartas. Eso y más. Cartas en las que entregó todo su corazón, en las que dejó fluir las palabras y se descargó de esas piedras que tenía guardadas para que sus últimos días fueran más llevaderos.

Esas no eran las únicas cartas que tenía. Tenía una libreta en la que le gustaba anotar los momentos importantes y uno que otro escrito a la vida, el amor, la naturaleza. El empezar a escribir a su padre le había hecho revolcar uno que otro escrito, y encontró uno que… le hacía ver la vida desde otra perspectiva, para reflexionar sobre su vida…

“En ocasiones, muchas ocasiones, las cosas no salen como desearías. No es extraño sentirme vacía. Parece que otra persona habitara dentro de mí, esa que no quiere ver a la gente, que quiere estar encerrada en la habitación, que sólo quiere ver películas, porque incluso ahora, el leer libros cansa. Constantemente quiero huir, salir y poder tener la capacidad y el poder de irme a otro lado. Muchas otras veces quiero poder no sentirme extraña. Poder expresarme bien con los demás, poder sonreír, ser amable. Y no ganarme esas migrañas a causa de mi mal genio. Y no hubo como la de aquel día. Normalmente cuando me enojaba, duraba con dolor de cabeza un par de semanas; pero aquella noche no pude ni dormir, y sentía, como en otras ocasiones, pero a un nivel superior, que mi cabeza estallaría. Es por eso que pienso que moriré de una enfermedad extraña en el cerebro.”

Le parecía extraño y gracioso leer aquello. Extraño por la manera en la que pudo predecir de cierta forma su futuro. Aunque alguna vez un doctor ya se lo había advertido. Y gracioso por ese mismo hecho en que la vida trae sorpresas. Recordó un libro con el que se sentía identificada en esos momentos de locura en el que parecía que hubiera otra Canela dentro de sí: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Desde el momento en que lo leyó, siempre lo mantuvo en su corazón, analizando que todos tenemos, de alguna u otra forma, un ser dentro de nosotros, escondido, oculto y silencioso, que es completamente diferente a lo que somos realmente.

Pero hubo tinta también para el amor. Y un trozo de papel que cayó de su libreta le hizo volver a otros tiempos…

“Y es este bendito desgarramiento de mi pecho
y esta constante pensadera en ti
Lo que no me deja quieta.
Me lleva a un mundo al que le tengo miedo
Y del que constantemente huyo...
Pero tu llegas y deshaces toda la fortaleza
Construida durante años.
¿Qué quieres? ¿Qué callas?...
¿Por qué simplemente no aclaramos esto?
Y decidir si llegas para quedarte
O de lo contrario, mejor desapareces de mi vida…
Y yo de la tuya.
Para no sufrir.
Para no estar deseando más un poco de ti”.

Todos aquellos escritos la habían transportado a diferentes momentos de su vida. Y le alegraba leerlos, recordar que el vivir se compone de diferentes etapas, de pequeños instantes que van marcando y forjando el carácter que tenemos.

Hubiera querido ver realizado todos sus sueños, lejanos y cercanos. Pero la enfermedad la estaba consumiendo rápidamente. Nunca imaginó que sentir rencor hacia alguien a quien había amado tanto la llevaría a la muerte. Pero sus últimos días fueron para sanar; para perdonar, a él, a sí misma; para hacer siquiera una buena obra: salvar a su amigo. Quien con la ayuda del párroco del pueblo logró salir de su prisión y llegar a vivir al hogar de una comunidad católica. El primero que llagaría a ese hogar, el primero que recibiría amor por parte de las hermanas; amor del que, al principio, desconfiaba. Y como no, si la vida le había enseñado otra clase de amor, uno que no quería, que le rompía el alma. Y aunque fue difícil acostumbrarse a su nueva vida, los años le ayudaron a entender que hay más luz en el universo.

Comentarios

Los comentarios aquí registrados pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de Palmiguía. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos comentarios que se consideren impertinentes.

Código de seguridad
Refrescar

Lo más visto de Tribuna

Ciencia

Por qué leer poesía ayuda a tu cerebro

Las figuras retóricas que florecen en la poesía desafían algunas regiones del cerebro, mucho más de lo que puede hacerlo...

POR Sebastián Beringheli

Asuntos de ciudad

La guachafita de la salud en Palmira

Actualmente el hospital de Palmira se encuentra semiparalizado por la renuncia de 27 médicos que aducen precarias condiciones laborales, falta...

POR Raúl Ospina Giraldo

Analectas

Sólo sé que Sócrates sabía algo (además de saber que no sabía nada)

Sócrates jamás pronunció tal aberración filosófica. "Sólo saber que no se sabe nada" es una frase tan contradictoria como impropia...

POR Sebastián Beringheli