Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Teresa Consuelo Cardona

Por décadas nos dijeron que el más grave peligro que afrontaba Colombia era la existencia de las FARC como ejército terrorista, no podemos creer entonces que, de repente, el verdadero peligro está en que hagan política.


Los resultados en los recientes ejercicios electorales en otros países de nuestra América, nos dan el campanazo de alerta: no es casualidad que cuando ganan quienes se oponen a la tendencia económica ultrafascista de la concentración de riqueza que avala el abuso a los ciudadanos en general y el exterminio de las personas más vulnerables, los perdedores (poderosos económicamente) se hacen sentir por la fuerza, manipulando los resultados electorales para su beneficio. Y se llevan por delante hasta a sus propios electores. No están dispuestos a perder nada y si tienen que matar para ganar, seguirán matando pública y privadamente. Lo hacen usando los recursos del Estado, sean esos recursos leyes o fuerza pública y los ejércitos oscuros que siempre están listos para cumplir órdenes asesinas por unas pocas monedas.

En Colombia, las cosas son particularmente turbias de cara a las elecciones que se avecinan. Los caballos de Troya vienen haciendo su trabajo en el interior de los partidos de quienes se las habían dado de “avispados”, y han logrado minar, debilitar y controlar a los electores. No será fácil ni aún derrotándolos electoralmente. Habrá que defender los resultados en las calles. Los profascistas saben que debido a su falta de argumentos, las palabras “sagradas” como patria, religión, familia, propiedad privada y libertad que usaron en otros tiempos ya no les son útiles. Y pese a mantenerse en el andén donde se garantiza una sociedad autoritaria, excluyente, clasista, xenófoba, homofóbica, racista y neoliberal, mantienen en su vocabulario recién actualizado, palabras como igualdad, multiculturalidad, voluntad popular y hasta solidaridad. ¡Dan vergüenza! Pero ese no es el problema. La tragedia es que, pese a todo, quienes debemos garantizar en las urnas, en las redes, en la conciencia ciudadana, en los medios alternativos, en los barrios, en las plazas públicas, en los hogares una victoria irrefutable, un triunfo incuestionable, una conquista indeclinable, seguimos lustrando las bombas que nos estallarán en el rostro. Nos distraemos con cualquier cosa. Caemos en la tentación de votar con ahínco por un cantante, mientras dejamos nuestro futuro en manos de quienes les pagan a nuestros verdugos. Discutimos furiosamente la idoneidad de un técnico de fútbol, mientras les permitimos a quienes nos han robado siempre que decidan qué hacer con nuestras pensiones. Y así, sucesivamente…

Al ver las imágenes de Honduras, Argentina, Chile, en relación con su situación política, veo, sin mucho esfuerzo, tres matices de lo que nos espera si no tomamos la decisión contundente de enfrentar a la oligarquía mafiosa y tradicional de una vez por todas. No es el momento de las “pendejadas” que los mismos dueños del poder nos han metido en la cabeza. Por décadas nos dijeron que el más grave peligro que afrontaba Colombia era la existencia de las FARC como ejército terrorista, no podemos creer entonces que, de repente, el verdadero peligro está en que hagan política. ¿Al fin qué? ¡No podemos seguir creyendo que las bandas criminales son una organización política! No podemos seguir defendiendo el racismo, la xenofobia, la homofobia, la misoginia, con la idea de estar defendiendo la patria, la familia, la religión y la propiedad privada. Destrozamos el país con esa equivocación y ahora podemos resarcirnos del error. No es el momento de repetir la lección escuelera de que la izquierda es peligrosa y que es mejor ser de centro. Todo centro termina en la derecha, así ha sido y así será. Esta es, posiblemente, la última oportunidad que tenemos de mantener a los criminales en sus “justas proporciones”. De lo contrario, ellos crecerán hasta asesinarnos a todos.

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