Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Cuentos breves

Capítulo 9

Un adolescente del Colegio Cárdenas sabe que Nietzsche se
relaciona negativamente con los problemas de la matemática

Autor: Fernando Estrada

P

acho Santodomingo creía que una sola obra de Nietzsche podía reemplazar toda la Biblia. En el Colegio Cárdenas, sus profesores lo describían como estudiante aventajado en todas las materias, desde educación cívica hasta cálculo matemático, química y física; estos atributos hicieron que sus creencias gozaran de reputación entre todos los estudiantes. Era suficientemente ingenioso como para resolver problemas de hipotenusas con detalles extraídos de la Gaya Ciencia, el libro de Nietzsche que más citaba de memoria. Pacho Santodomingo se declaraba al mismo tiempo ateo, agnóstico, escéptico y guardián de las nuevas libertades del individuo.

Su mayor proeza fue haber ocupado el segundo puesto en las pruebas ICFES a nivel nacional. En el Colegio Cárdenas, todos los homenajes del resto del año giraron alrededor de su personalidad ingeniosa. A su casa ingresaron llamadas del Ministerio de Educación Nacional, el mismo señor rector de la Universidad Santiago de Cali, el vicerrector de investigaciones de la Universidad Distrital de Bogotá, el secretario general de la Universidad del Valle y el jefe del departamento de filosofía de la Universidad de los Andes. Con sus diecisiete años, un nietzscheano de Palmira lograba mayores titulares que Ricardo Nieto, uno de los mayores poetas de la ciudad.

—Eso fue antes del suicidio —comentaba F. Las cosas fueron tomadas como asunto de adolescentes, cosas pasajeras. Cuando regresó de Bogotá en aquellas vacaciones, se trajo en cajas las obras completas de Nietzsche. En Expreso Palmira no querían refundir las cajas en las bodegas, porque al ayudante le parecieron muy pesadas. Pero él pagó propinas, de manera que Nietzsche viajaba desde Bogotá hasta la Versalles. Cuando Pacho llegó con esas cajas, quien puso el grito en el cielo fue su hermana:

—¡Que hijueputas, Pacho y Nietzsche nos van a enloquecer!

La hermana de Pacho era reconocida jibarita del barrio La Colombina. Por sus manos se movían los negocios de marihuana y drogas menores entre adolescentes de mejores estratos. Su centro de operaciones fue originalmente la discoteca Bachué y la fuente de soda de la 30 con 24. Amanda Santodomingo era experta en relaciones públicas entre quienes comenzaban a ocupar los espacios nocturnos de la ciudad. De una belleza exuberante y una cara de arcángel, nadie podría sospechar que su corta edad, contrastara con el desbordante erotismo que exhibía. Cuando la hermana de Pacho supo que su hermano había ocupado el segundo puesto en las pruebas del ICFES, soltó otra de sus frases cortantes:

—Ahora sí, ¡nos cagaron las ánimas del purgatorio!

El desenlace llego a tener acentos de tragedia griega. Desde que llegó de Bogotá, Pacho Santodomingo se había encerrado en su cuarto. Durante los primeros días sólo se le veía en las noches; se escuchaban ruidos en la cocina, cuando todos se habían acostado a dormir. Excepto, Amanda. Luego de una semana, sus salidas comenzaron a ser irregulares, dos o tres veces entre el mediodía y la noche. La pregunta obviamente no era qué estaba haciendo durante tantas horas del día, sino cómo sobrevivía un lector apasionado de Nietzsche. Un genio, a quien sus profesores y compañeros del Colegio Cárdenas, consideraban una de las cabezas mejor puestas en Palmira, una ciudad de mierda, tercermundista y analfabeta.

Aquella primera semana había devorado totalmente los fragmentos que componen Más allá del bien y del mal; en ediciones Universales, una edición barata que le compró a un vendedor de la Jiménez con Séptima. El libro se lo encontraron, justamente, entre los tendidos de su cama; marcado y subrayado; con notas al margen:

—Cfr. Con epigrama 34 de Tolstoi y los Nibelungos de Wagner (en color rojo).

—Nada que ver con la Ética de Spinoza, maldito judío panteísta (en color verde encendido).

—Cfr. Con el Prólogo de los Elementos de Euclides, ¡Nietzsche, eres mi héroe!

—¡La mierda que me enseñaron en la iglesia de la Trinidad!

Había subrayado con detalles Así habla Zaratustra, La gaya ciencia y La voluntad de Poderío, en estos libros se encontraron, además de las notas marginales, operaciones algebraicas y símbolos químicos; separadores de lectura con notas extraídas de la obra de Galileo: Diálogo sobre los dos sistemas máximos del mundo. En un cuadernillo de dieciocho páginas, encontraron comentarios a Nietzsche, con extensos pasajes sobre las Geometrias de Lovachevsky y Gauss (1777–1855). Un breviario sobre los cien problemas matemáticos, que David Hilbert había dejado al siglo XX, fueron hallados al lado de una fotografía en blanco y negro de Nietzsche en Turín, durante sus últimos días.

Lo sucedido en aquellas dos semanas son todavía un misterio. Menos los aforismos que se encontraron sobre las paredes del cuarto. Escritos en letra de tamaño menor y con una caligrafía impecable. Pacho Santodomingo había decidido usar una mohosa cuchilla Gillette, las fisuras sobre su mano izquierda parecían elaboradas con finos bisturís. Arriba, sobre el antebrazo, una N marcada sin fondo. Luego una extensa línea en dirección a los hombros, un hilo de sangre dibujado que terminaba en una X, exactamente a la altura del corazón. El cuerpo lo habían encontrado encorvado sobre sí mismo, completamente desnudo, como suspendido en un trance oriental. Uno de los aforismos escrito en letras con su propia sangre, estaba al lado del crucifijo que le habían regalado en su Primera Comunión:

—Se empieza por desaprender a amar a otros, y se termina por no encontrar nada amable en uno mismo. (Aurora, 401, Nietzs…).

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