Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Cuentos breves

Capítulo 3

Un hijo necesita un padre que no se le parezca

Autor: Fernando Estrada

C

uando cumplía 36 años, Edilberto había arrendado un apartamento en el barrio las Mercedes, no porque lo necesitaba, sino por hacer ostentación y porque aborrecía las casas de vecindarios. La casa había pertenecido a una familia de médicos adinerados que residían en Nueva York. Parecía una finca de verano aunque tardara solo diez minutos en llegar hasta el centro de la ciudad. Con los años el barrio fue perdiendo el carácter exclusivo al crecer la población de la ciudad; en la década de los ochenta con el auge del narcotráfico, estas casas fueron deshabitadas, en espera del incremento especulativo de los terrenos. El arriendo resultaba relativamente bajo durante los años setenta, pero adecuarla con todos los decorados, piscina y baños turcos, le había costado un ojo de la cara. La vida pomposa lo obligaba a pedirle préstamos a su padre, aunque nunca le agradaba pues, ante todo la independencia —decía—.

Su padre estaba escandalizado. No tanto por la ostentación de su hijo (aunque también, porque le disgustaba la irracionalidad en los gastos), tampoco por la exposición del dinero al riesgo, pues consideraba bueno que su hijo manifestara su independencia. El arrendamiento en un barrio lujoso, aunque nunca comparable con las mansiones en Cali, Medellín o Bogotá, era lo que ponía sus pelos de punta. La parecía una bochornosa presunción de clase, sin ninguna necesidad.

Él había recorrido la escalera social sin llegar a la riqueza. Campesino, hijo de campesinos, obrero del café, tornero de talleres, vendedor de periódicos y heredero del desplazamiento de la Violencia. Cuando lograba culminar su carrera universitaria sentía que había llegado lejos. Nombrado profesor e investigador. Relacionado con sus vecinos de barrio se había hecho acreedor de dignidades contables. Fiscal y concejero de inversiones en desarrollo social. Su fortuna la había conseguido a pulso. E imprimía en cada uno de sus hijos los valores de la honradez, el respeto y el trabajo. Los ciclos rituales de cumpleaños o fiestas decembrinas, quedaban bajo el sello de su identidad de persona amable, aunque serio.

Su hijo conocería desde temprano ese carácter directo y equidistante. Sin duda, arrogante, revelador de una cortesía discreta; siempre le había chocado la humillación de una persona ante propietarios de casas lujosas, criaderos de caballos o dueños de haciendas. Con oficios diversos, había aprendido a distinguir la decencia, de la posesión indolente de bienes terrenales. No sólo fue profesor, miembro de muchas academias y cargos públicos, sino un caballero de palabra y persona confiable en toda la ciudad. De convicciones liberales se llevaba bien con conservadores, comunistas, creyentes y ateos; nadie tomaba con dolor sus frecuentes y mordaces ironías contra la iglesia, los políticos o la clase dirigente.

Presenciaba, participando, en las campañas liberales, desde los tiempos de López Pumarejo, Lleras Camargo, Laureano Gómez y Gaitán; cuando una campaña electoral le sorprendía al lado de los liberales, los conservadores no se ofendían demasiado, por el contrario, consideraban que habían perdido la oportunidad de tenerlo como parte de su equipo. En la política desempeñaba su papel como cuando fue nombrado jefe del taller de calentadores para agua: confrontando su experiencia y conocimiento con humildad, sin perder la confianza en el mismo ni en sus talentos. Esa personalidad le convertía en benefactor de políticos de la más diversa tendencia, así como en un buen vecino.

Cuando supo que su hijo había alquilado residencia en las Mercedes, le pareció que se habían transgredido principios bien fundados en casa. Aunque no fue amigo de armarle escándalo a sus hijos, Edilberto se había pasado de la raya. De modo que hubo fuertes recriminaciones y palabras discordantes. Como tratándose de un presagio, el padre consideraba que su hijo había comenzado su vida al revés. Los valores con los que construía su propia familia entraban en decadencia, hablaba del Nihilismo y de Friedrich Nietzsche.

Los reproches procedían no de una codicia desconocida, sino de su amor propio; por decirlo en sus palabras, de normas universales de cortesía y buen comportamiento. Estos detalles constituían principios generales para su generación. La grandeza no se mide desde las alturas, sino cuando se han reconocido los sacrificios del trabajo diario. Las personas de mayor valor no son aquellas que calculan y miden todo, sino las que saben manejar con equilibrio cada situación. Una larga experiencia no es significativa más que para los que han aprendido a sopesar triunfos y derrotas.

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