Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Cuentos breves

Capítulo 2

Dime dónde vives y te diré lo que no alcanzas a ser

Autor: Fernando Estrada

T

odo puede pasar en una ciudad. La calle donde había sucedido aquel incidente era relativamente larga y sinuosa. En realidad era según la nomenclatura urbana la carrera 19, que atravesaba la ciudad entre el Bolo y la carretera hacia Potrerillo. La 19 era una calle que tajaba la ciudad como un cuchillo taja el pan por arriba. Desde el centro hasta los barrios San Pedro o Danubio. Los adolescentes fueron callejeros. En algunas casas del barrio Obrero se observaban jardines con flores de colores, rosas, y helechos que colgaban desde tejados de fino ladrillo. Los propietarios habían reparado los frentes de sus casas en cuyas torres podían verse leones africanos o negras en arcilla de Buenaventura. Al pasar de un barrio a otro podían experimentar los cambios de clase social, aunque la ciudad no tuviera ricos hacendados como se describen en El Alférez Real.

Praga, la ciudad de Kafka, cuenta con una historia distante en el tiempo, los siglos XVII y XVIII. En sus cuentos y novelas el lector observa castillos encantados de tiempos pasados. Las callecitas estrechas y los parques pertenecen al siglo XVIII, con restauraciones del siglo XIX, que se vuelven a deslucir; el conjunto urbano de Palmira, sin embargo, produce una sensación extravagante de varias impresiones fotográficas superpuestas en una misma lámina; de todos modos llamaba la atención. Praga convertía las narraciones de Kafka en laberintos llenos de sorprendentes metáforas, pero Palmira era plana y colocada sobre un tapete verde, sin mayores misterios. Quien abriera sus ventanas a la lectura en Palmira, parecía un bicho raro; en Praga era permitido gozar entre montones de libros y bibliotecas, la exquisita paz que necesitan los escritores.

Edilberto vivía en una casa de Palmira, lejos de Praga. Con frecuencia se ocultaba detrás de las ventanas y miraba hacia el otro lado de la calle, como a través de una malla de alambre delicado; contemplaba la calle polvorienta, y cronometraba mentalmente, los buses de la Palmirana de Transportes. Todo lo que alcanzaba su mirada quedaba grabado en su inconsciente. Medía velocidades, ángulos, campos magnéticos con fuerzas que se atraen entre sí, obligaba a su atención a fijarse en detalles que pasaban desapercibidos para cualquiera. En resumen, después de haber hecho cálculos mentales, metió sus manos en los bolsillos riendo y reconoció ocuparse se trivialidades.

Si pudieran medirse los esfuerzos al prestar atención, la tensión muscular de los párpados, los movimientos en zigzag del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un adolescente para conseguir abrirse en medio de la gente en la calle, se supone que resultaría —así lo imaginaba Edilberto— una dimensión frente a la cual resulta ridícula la fuerza de Hércules. Es posible deducir qué esfuerzo titánico supone el de un adolescente que no hace nada. Edilberto era uno de ellos.

—De esto pueden sacarse al menos dos conclusiones —se dijo a sí mismo.

Había leído también que el rendimiento muscular de una persona normal durante un día, es mayor que el de un fisicoculturista que tiene que levantar en el gimnasio pesos enormes; esto lo demuestra también la fisiología. La lógica del sentido común, es la menos común de las lógicas. Pequeñas obras cotidianas realizadas con objetivos sociales, prestan más energía al mundo que las acciones heroicas. La cultura del héroe es poca cosa al lado de las acciones acumuladas en beneficio de la humanidad. Esta idea le pareció sencillamente fuera de lo normal.

En realidad, le agradaban las ideas que fueran contra sus propias inclinaciones ociosas. Detestaba la vida de los adolescentes mimados que colocaban en las paredes de sus cuartos a Elvis Presley o el Che Guevara. ¿Tener héroes del Rock o de la Revolución Cubana? La parecía una cursilería. Prefería acumular preguntas que podían desgastarse con el tiempo si nadie las respondía. Las preguntas de un adolescente ensimismado, como aprehensivamente lo calificarían en casa. Mientras los demás tenían el aire para respirar, pensaba que lo que necesitaban era preguntas con respuestas, que dieran lugar a nuevas preguntas. El tiempo pasaba. Quienes no vivieron aquella época no tienen porqué creer, pero también durante esos días el sol parecía quedarse más tiempo del acostumbrado.

La gente no sabía hacia donde iba. La palabra progreso no formaba parte de su vocabulario cotidiano. Nadie distinguía entre lo que estaba arriba o abajo, entre lo que avanzaba o retrocedía. Podemos hacer lo que queremos —se decía a sí mismo Edilberto— nada tiene que ver un héroe de la farándula con acciones que valgan la pena. Se retiraba como un ermitaño, experimentaba los días como un enfermo que evita los esfuerzos inútiles; y cuando jugaba futbol en la calle daba muestras de llegar a la profesional del deportivo Cali.

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