Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Cuentos breves

Capítulo 19

Cajamarca

Autor: Fernando Estrada

E

n su recorrido por pueblos y ciudades, Cajamarca se había quedado fijada al recuerdo. Habían llegado allí muertos de cansancio y tenían que dormir. Era de mañana cuando pidieron una cama para acostarse. Comieron salchichas de enlatados, pan y bebieron un café recalentado, cuya densidad tenía colores de los vinos chilenos. Descansaron relajadamente y tuvieron sueños. Cada vez que se dormían, les parecía que las mugrientas cortinas de las ventanas se alzaban y descendían en medio de un reconfortante clima frío; era su respiración. Cuando despertaban en cada hotel, veían por entre las rendijas los vendedores de las plazas de mercado, sentían olores a pescado, basura y frutos frescos del campo. Desde los puestos de comida, bares y esquinas, se escuchaban los gritos de las personas.

No entendían nada de su nueva vida en este mundo, y todo era como palabras que encontraban en los periódicos.

Viajaban sin documentación y los acompañaba una profunda sensación de ser descubiertos, castigados y devueltos a casa. Con cada retén militar pasaban en medio de un purgatorio. Cuando bajaron en Ibagué, se vieron rodeados de numerosos ojos que los veían con curiosidad. Pidieron un cuarto sencillo para los dos, una sola cama era suficiente, una cama elaborada en cedro, amplia y con un somier que les recordaba el trampolín en las piscinas de Amaime. Les ofrecieron fríjoles de la noche anterior, no se atrevieron a rechazarlos. Después de haber padecido del cuerpo varios días, sentían la nostalgia de una felicidad doméstica.

Mientras estaban acostados, veían, desde los ventanales, cerca de uno de los rincones de la habitación, en un lugar inverosímil, una ventana oval del tamaño del ojo de buey; con un cristal transparente con juegos de colores, como un caleidoscopio, inquietante como un secreto punto de observación, pero enmarcado por una tenue corona de rosas pintada.

En comparación con los días caminando por pequeños caseríos, acumulando tensiones y ansiedades, estas ciudades no eran nada. Poco a poco, con cada detalle buscaban llenarse de alegría. Estaban avistando un mundo diferente en cada lugar, con cada grupo humano aprendieron —adaptándose— costumbres, hábitos, comidas y lugares para pasar las noches. Y cuando superaban las ganancias como para pagar el hotel y la comida, entraban a los lugares de fiesta.

La hermandad los unía de tal forma, que en las circunstancias difíciles se aferraban más el uno del otro.

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