Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Cuentos breves

Capítulo 1

Una cometa de agosto

Autor: Fernando Estrada

S

obre el Pacífico avanzaba una brisa suave en dirección este, frente a unos pueblos estacionados en el tiempo; de momento no mostraba tendencia a esquivarla desplazándose hacia el norte del Valle. Los cocuyos comenzaban a cumplir con su deber. La temperatura ambiente tenía siempre la temperatura media anual, tanto los meses más calurosos como las de diciembre, con sus lluvias y la oscilación mensual parsimoniosa. La salida de la estrella de oriente anunciaba también las fases de la luna; algunas noches alcanzaba a observarse Venus, del anillo de Saturno y muchos otros pronósticos sucedían de acuerdo con el viejo almanaque Bristol. El calor de las tardes entraba en equilibrio con los frescos nocturnos. En palabras menos rebuscadas, que describen la realidad, aunque algo anacrónicas: estamos en el mes de agosto del año 1973.

Los buses intermunicipales salen disparados desde la calle 42 con Versalles, el otro lugar de aglomeraciones es la Estación. Amontonados los transeúntes van y vienen en medio de una confusión por momentos delirante. Semejantes a las esterillas movedizas, las gentes se mueven manteniendo distancias razonables. A veces se separan algunas, caminantes presurosos que se abren paso por entre los demás, procurando los primeros lugares en las hileras de compradores de tiquetes. Decenas de conversaciones se mezclan entre acentos de personas del Viejo Caldas y Vallunos. Voces ruidosas, unos agudos claros, otros roncos, que discordaban con la armonía del atardecer, pero se marchaban cuando los cuerpos desaparecían. Del ruido alguien podría deducir, después de largos años de ausencia, sin tener ninguna idea y con los ojos cerrados que se encontraba en la capital de Turquía o en el Cairo.

Balzac juzgaba que las ciudades se conocen por el caminar de sus habitantes. Mirando de lejos sin entrar en detalles, a Palmira la podían revelar igualmente el movimiento de tres calles: las calles 29, 30 y 42. Esto sin embargo no tiene mayor trascendencia con el tiempo. La excesiva concentración en la pregunta de “dónde nos encontramos” procede de generaciones que llegaron de Antioquia, hijos de arrieros que debían tener conocimiento y espíritu de conquistadores. Curioso saber por qué al venir al mundo con una dentadura con caries se da uno por satisfecho con su color mestizo, y nunca se pregunta qué clase de dientes tiene, aunque, con el tiempo, se lo indican los fuertes dolores de muelas. Por el contrario, en un tema tan trascendente como la ciudad en la que uno nace, se quisiera conocer todas sus peculiaridades. Esto nos lleva a otra parte.

No debemos replegarnos en un homenaje al nombre de la ciudad. Como todos los pueblos del Valle del Cauca, ha estado sometida a riesgos y contingencias, a progresos, avances y retrocesos, a inmensos letargos y malos gobiernos, a grandes movimientos migratorios y al eterno desequilibrio de toda armonía; la ciudad semeja una batea con viejas edificaciones, leyes que no se cumplen y tradiciones híbridas. Los dos adolescentes que subían por la calle 30 no caían en cuenta. Pertenecían, como era evidente, a una clase social trabajadora, en el estilo y en el hablar lo reflejaban; sin notoriedad vestían pantalones cortos con las iniciales de sus nombres en los bordes, sabían quienes eran y fueron conscientes de la ciudad que los veía crecer.

Aceptemos la conjetura de que se llamaban Edilberto y F, con unos padres que provenían de Turbo y Salamina. Lo que puede ser incierto, dado el acento tan marcado del habla vallecaucana. F y Edilberto pudieron haber nacido también en Praga o en Constantinopla, el enigma de la identidad nunca tiene soluciones definitivas. Hay gente que se mata la cabeza tratando de saber quien es. Pero resuelven sus enigmas mientras caminan. De pronto los dos adolescentes se detuvieron ante una aglomeración imprevista. Algo insólito había ocurrido, una cometa se había enredado entre los árboles a la distancia, y en su caída provocaba un cortocircuito entre los cables de electricidad. Algunos curiosos se mostraron preocupados porque uno de los cables había sido tomado por un niño de la calle, con el infortunio de recibir una descarga que lo había dejado muertecito. La opinión de todos fue la negligencia de las Empresas Municipales de Palmira, porque los tejidos del cableado eléctrico estaban muy cerca del suelo. Las personas desesperadas levantaban al niño, le daban respiración boca a boca, todos querían hacer algo. Se arrodillaban las señoras, rogaban al cielo, nadie pretendía otra cosa que revivir a la criatura, hasta que llegara una ambulancia (la única que tenía el hospital San Vicente de Paúl).

También Edilberto y F se habían acercado y observaban el desafortunado muertecito entre decenas de curiosos encorvados. Luego retrocedieron con temor. Edilberto se sintió indispuesto con algo desagradable en la región estomacal, como si el dolor afectara sus entrañas; era una sensación vaga y paralizante. Uno de los transeúntes afirmaba: “las cometas no disponen de un sistema de prevención de accidentes”. Al oír esto, algunos se sintieron identificados, expresando con sus miradas agradecimientos por la explicación. A Edilberto le sonaba la expresión del sistema de prevención de accidentes, pero no llegaba a comprender lo que significaba, ni le interesaba. Ambos se conformaban con saber que no habían sido ellos los muertos, porque intuían la diferencia entre lo uno y lo otro. Los vivos pueden mirarse al espejo, pero los muertecitos, se quedan quietos sin poder pararse de pie.

La ambulancia del hospital San Vicente empezaba a escucharse a la distancia; todos respiraban hondo, porque aparecerían personas que podían auxiliar de verdad. Las ambulancias representan instituciones sociales admirables. Unos enfermeros corrieron hacia el tumulto de gente, abriéndose paso. Tendieron el cuerpo del niño sobre una camilla y lo acomodaron cuidadosamente en el interior del vehículo. “Todavía respira”, exclamaba una enfermera con su uniforme blanco impecable. Todos salieron de aquel lugar con la seguridad de que el niño se había salvado.

—¿Piensas que ha muerto? —preguntó F a su compañero todavía bajo la influencia del miedo que le provocaba morirse.

—Yo creo que no —contestó Edilberto—. Cuando se lo llevaron lo sentí toser.

Aquella noche estando en casa, mientras todos dormían, F no podía conciliar el sueño. A hurtadillas prendía una veladora y se iba para el baño a mirarse en el espejo.

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