Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

La exaltación de las emociones masculinas tiene su tenebrosa contrapartida en los miedos y las angustias que suscita la feminidad.


Violencia

Ha escrito Pierre Bourdieu, la gran figura intelectual de la sociología francesa contemporánea, que en el campo de la sexualidad como en ningún otro, las mujeres han sido sometidas a un trabajo de socialización que tiende a menoscabarlas, a negarlas, practican las virtudes negativas de abnegación, resignación y silencio. (Véase: Pierre Bordieu, La domination masculine, Editions du Seuil, Paris, 1998. Ha sido traducido al castellano: La dominación masculina, Editorial Anagrama, Primera edición: enero de 2000).

La burla de los violadores contra sus víctimas y la sociedad no proviene de las aventuras amorosas en sí, sino de sus efectos visibles en términos de mínimas condiciones de seguridad económica para las mujeres, a quienes la sociedad sigue negando oportunidades en el reconocimiento de sus derechos. Los varones machos tienen plenas garantías para no perder ningún pleito procesal o, en el peor de los casos, tener que donar una limosna por los daños causados.

En muchos casos, la situación masculina en el sentido de vir supone un deber —ser—, una virtus que se impone a “eso es natural”, indiscutible. Semejante a la nobleza, el honor —que se inscribe en el cuerpo bajo la forma de un conjunto de disposiciones aparentemente naturales, a menudo visibles en una manera de comportarse, de mover el cuerpo, de mantener la cabeza, una actitud, un paso, solidario de una manera de pensar y actuar, un ethos, una creencia, etc,—. Con la duda sobre la paternidad se corre el riesgo en algunos casos de ofender la idea de un hombre honorable. Sí, porque de esto se trata, el honor del macho se levanta como un bien supremo que debe defender la sociedad.

Entre los ideales de identidad cultivados por generaciones en nuestras sociedades, se encuentra el supuesto de que el hombre dirige (en el doble sentido de la palabra) unas ideas y unas prácticas a la manera de una fuerza (es más fuerte que ella), pero sin obligarle mecánicamente (puede zafarse y no estar a la altura de la exigencia); conduce su acción a la manera de una necesidad lógica, pero sin imponérselo como una regla, o como un implacable veredicto lógico de una especie de cálculo racional. Se ha asimilado sin discusión que el destino del hombre es ordenar lo desordenado, dirigir lo público, señalar lo que en cada caso debe hacerse; y él se lo cree como una identidad constituida en esencia social y transformada de ese modo en destino.

Estos privilegios que la sociedad androcéntrica ha conferido al sexo masculino no dejan de ser una trampa y encuentran su contrapartida en la tensión y la contención permanentes, a veces llevadas al absurdo, que impone en cada hombre el deber que tiene de afirmar, en cualquier circunstancia, su virilidad. Porque en este caso, si el honor ofendido representa una amenaza, se puede fácilmente escurrir el bulto sin responsabilidad, alegando unas pruebas fallidas y con la complacencia infame de una “sociedad decente y bien ordenada”.

Apogeo de la virilidad

En efecto, la virilidad es lo que se pone a prueba, de una forma más o menos oculta al juicio colectivo. En este caso, con motivo de la poligamia masculina (las generalizadas ganas de copular con muchas mujeres que tienen muchos hombres), pero también a través de las conversaciones femeninas, que conceden un gran espacio a los asuntos sexuales y a los desfallecimientos de la virilidad. A la ansiedad respecto a las manifestaciones físicas de la virilidad se le aparece ahora la virgen con una patente que da vía libre a una paternidad irresponsable. Esto último no tiene nada de exótico, pero promueve entre los hombres la sagacidad de ocultar sus vergüenzas.

La virilidad, entendida como capacidad reproductora, sexual y social, pero también como aptitud para el combate y para el ejercicio de la violencia (en la venganza del honor, sobre todo), es fundamentalmente una carga. En oposición a la mujer, cuyo honor esencialmente negativo sólo puede ser defendido o perdido, al ser su virtud sucesivamente virginidad y fidelidad al hombre, el hombre, “realmente hombre”, es el que se siente obligado a estar a la altura de la posibilidad que se le ofrece de incrementar su honor, buscando la gloria y la distinción en la esfera pública.

La exaltación de las emociones masculinas tiene su tenebrosa contrapartida en los miedos y las angustias que suscita la feminidad: débiles y sujetas a la debilidad en cuanto encarnaciones de la vulnerabilidad del honor, siempre expuestas a la ofensa, las mujeres también están provistas de todas las armas de la debilidad, como la astucia diabólica y la magia. Con ese color tropical nuestro, lo anterior queda descrito por un columnista reconocido en los términos que siguen: “Las hembras humanas han descubierto, sin saberlo, en ese oscuro fondo de la sabiduría biológica, que les conviene cierta promiscuidad entre los selectos. Es mejor no sacar los huevos de una misma canasta”. Tiene esta cita en rigor, y lo hemos subrayado, una dosis de protección masculina ineludible.

Todo contribuye: la ley, las instituciones, los medios de opinión (que en este como en otros casos, pone el énfasis en los lugares que no son) a hacer del ideal imposible de la virilidad el principio de una inmensa vulnerabilidad. Esta es la que conduce, paradójicamente, a la inversión, a veces forzada, en todos los juegos de la violencia masculina, como en nuestras sociedades, los deportes, y muy especialmente los que son más adecuados para producir los signos visibles de la masculinidad.

Al igual que el honor —o la vergüenza, su contrario, de la que sabemos que, a diferencia de la culpabilidad, se siente ante los demás—, la virilidad tiene que ser revalidada por los otros hombres, en su verdad como violencia actual o potencial, y certificada por el reconocimiento de la pertenencia al grupo de los “hombres auténticos”. Con los efectos sociales e individuales que traerá la duda sobre las pruebas de paternidad, se da ocasión para renovar también muchos ritos de la institución masculina, ritos en los que se exigen auténticas pruebas de virilidad orientadas hacia el reforzamiento de las solidaridades viriles. Al margen de todas las benevolencias desvirilizadoras del amor, se manifiesta de manera harto evidente la heteronomía de las afirmaciones de la virilidad, su dependencia respecto a la valoración del grupo viril.

Todo macho es alfa dominante

Se trata ni más ni menos que de dominación masculina, y en la manera como en este caso de la paternidad alegada, se está imponiendo y soportando una carga asfixiante sobre las mujeres y sobre el futuro inmediato de sus hijos, quizás sea este un ejemplo paradigmático de aquella sumisión paradójica, consecuencia de lo que se ha llamado violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, y que se ejerce a través de los caminos simbólicos del discurso, de la argumentación jurídica y de la defensa de las instituciones. Se trata, claro, de algo que supera esta esfera iconográfica y discursiva, pero que se sirve de ella para adelantar la defensa de la causa masculina.

La maquinaria de alegatos y pleitos que se hará visible durante este tiempo, dará ocasión para pernoctar además un tipo de relación social extraordinariamente común, y ofrecerá una oportunidad privilegiada para entender la lógica de la dominación, ejercida en nombre de un principio simbólico llamado “paternidad”, conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado. La prensa y los medios contribuirán a difundir la retórica (una manera de modular el tono de responsabilidades) y un estilo de vida (o una manera de pensar, de hablar y de comportarse), y más habitualmente una característica distintiva, emblema o estigma, cuya mayor eficacia simbólica es la característica corporal absolutamente arbitraria e imprevisible, o sea, el color de la piel y la forma del rostro de la criatura.

Tal vez en este asunto lo más importante es devolver a los argumentos su propiedad paradójica, al mismo tiempo que denunciar los procesos responsables de la transformación de la historia en naturaleza, y de la arbitrariedad jurídica en natural. Y para conseguirlo, debemos ser capaces de adoptar, aplicándolos a nuestra propia realidad colombiana, el punto de vista del antropólogo capaz, por una parte, de conceder al principio de la diferencia entre lo masculino y lo femenino, tal como lo (des)conocemos, su carácter arbitrario y contingente, y por otra, simultáneamente su necesidad socio–lógica.

El miedo a denunciar

Pero veamos efectos cotidianos de perversión y distorsión masculina que ahora se expresan en el discurso. Un primer aspecto lleva al sentimiento de desprotección, temor, pudor y físico miedo que experimentan las mujeres jóvenes al tener que revelar públicamente. Este acto obligatorio de delación de la intimidad deja huellas psicológicas perdurables en la mujer, se expone ante las miradas inquisitivas de compañeras, amigos, familiares, para quedar como una ofensa social o una pesada carga. Luego viene una fatigosa espera ante tribunales incompetentes, amañados y corruptos, fatigosas entrevistas, careos y humillaciones.

Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, puesto que se trata de una intimidad no aprobada, cuyo fruto en el vientre queda en entredicho, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse, a perderse de vista y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación, cuando tiene plata para pagar un abogado (esas eminencias grises). Pero, a propósito de cualquier resistencia que las mujeres quieran interponer para conseguir el reconocimiento paterno de sus hijos, se puede aplicar lo enunciado por Lucien Bianco: “Las armas del débil siempre son armas débiles”.

Se pueden multiplicar los casos de mujeres que han apelado su causa ante abogados con influencias marcadamente machistas, cuando no el extremo de la aberrante connivencia de los funcionarios con los victimarios, hombres machos. Las mismas estrategias en derecho que las mujeres emplean contra los hombres permanecen dominadas, ya que el aparato de símbolos y códigos de honor que contempla la ley encuentran su fundamento en una visión androcéntrica, en cuyo nombre están siendo dominadas. Incapaces de subvertir la relación de dominación, tienen por efecto, al menos, confirmar la imagen dominante de las mujeres como seres deformes, cuya identidad, completamente negativa, está constituida esencialmente por prohibiciones, muy adecuadas para producir otras tantas ocasiones de trasgresión.

Los medios de prueba

Se van incorporando a la hoja de vida de la mujer todas las formas de violencia suave, casi invisible a veces, como el rechazo para arrendarle vivienda, el acoso sexual y la negativa laboral. La mujer opone en igual forma a la violencia simbólica, ejercida sobre ella por los hombres, la astucia, la mentira o la pasividad. Termina muy temprano comportando desconfianza, resentimiento, careciendo de afectividad, victimiza y culpabiliza victimizándose y ofreciendo su ilimitada entrega y sufrimiento en silencio como regalo sin contrapartida posible o como deuda impagable.

Las mujeres están condenadas a aportar, hagan lo que hagan, las pruebas de su malignidad, y a justificar los prejuicios que les atribuye una esencia promiscua, aventurera, tránsfuga, de acuerdo con la lógica, a todas luces trágica, que exige que la realidad social que produce la dominación acabe a menudo por confirmar las imágenes que defiende para realizarse y justificarse.

Así pues, el diluvio retórico de los medios de opinión no hacen más que develar la visión androcéntrica con la que nos hemos levantado, visión continuamente legitimada por las mismas prácticas que la determinan. A no dudarlo, las nuevas disposiciones que se tomarán para verificar las denuncias serán el producto de la asimilación del prejuicio desfavorable contra lo femenino que está inscrito en el orden de las cosas, las mujeres aparentemente no tendrán más salida que confirmar constantemente ese prejuicio.

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