Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Kant nos da pautas para una economía institucional y el diseño de mejores políticas. Nuestro compromiso con la reconstrucción del país supone adoptar mecanismos que sean consistentes con intercambios comerciales y flujos financieros equilibrados.


La economía institucional resulta necesaria al pensar la reconstrucción de países con una historia de guerras civiles como Colombia. Si bien la implementación de los acuerdos y el cese al fuego con el ELN evolucionan contradictoriamente, y observaremos un año electoral plagado de “pequeños intereses” (Tocqueville), tenemos la responsabilidad de creer que podemos. El principio de que nuestra racionalidad es la fuerza para desplegar medios y conseguir los fines sigue siendo un ideal.

El año que acaba de finalizar, resaltado por logros de los acuerdos de paz y el restablecimiento de territorios para las víctimas del conflicto, tiene, sin embargo, un puñado de enemigos que quieren mantener sus privilegios en las regiones. Apoyados por Álvaro Uribe y el Centro Democrático, y encubiertos por la campaña velada desde el Ministerio, que manejara Germán Vargas Lleras, han demostrado cuánto quieren mantener la guerra. Ahora se arropan con la consigna de mostrar a los hacedores de paz como los enemigos internos.

En el centro de esta guerra contra los acuerdos hay dos tipos de política: el compromiso reaccionario (conservador) frente a la inclinación institucional por la redistribución. El Centro Democrático, Vivian Morales, Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez y, en general, la mentalidad conservadora, saludando cada propuesta del gobierno mediante un cálculo mental sobre los costos para los sectores de poder que les han respaldado. Y detrás de cada propuesta crítica de la izquierda, los funcionarios viendo una estratagema para esconderse tras el aparato burocrático y defender sus propios intereses. El efecto ha sido un estancamiento institucional y la pérdida de confianza en los cambios que requiere el país.

La enseñanza que nos ha dejado casi 60 años de guerras es que nunca podremos estar seguros de una paz duradera con justicia social. El enfrentamiento entre agrupaciones beligerantes, partidos y la clase dirigente se debe en gran medida a una confrontación entre lo que Oakeshott denominaba deseos, objetivos e intereses opuestos. Los temores conservadores de una dirigencia regional con claros intereses en el poder y la tierra (territorios) han prevalecido sobre los temores de la izquierda a lograr unos acuerdos de largo plazo para construir más democracia. Y si persisten estos viejos contradictores en la mentalidad colombiana, ¿dónde encontraremos las claves institucionales?

Un ideólogo institucionalista como Kalmanovitz diría que “todos deberíamos cumplir nuestros deberes”. Así, la redistribución no sería el efecto de gobiernos irresponsables con el gasto fiscal. Una respuesta que simplemente desplaza las raíces del problema. Un enfoque de este tipo abre un debate interminable sobre las obligaciones en competencia. Muchos poderosos y dueños de tierras en Colombia creen que han estado haciendo lo justo. ¿Cómo entender deberes en una sociedad que colectivamente ha sido un fracaso? Una respuesta cristiana parece compleja, dados los crímenes cometidos por fanáticos paramilitares o guerrilleros convencidos de que estaban cumpliendo con sus deberes.

Pero una respuesta la encontramos en Emmanuel Kant. Autor de las tres críticas fundamentales de la modernidad: la Crítica de la razón pura, la Crítica de la razón práctica y la Crítica del juicio. En la segunda de sus críticas, Kant reflexiona la ética en un contexto de sociedades mercantiles. Nuestros deberes pueden derivarse de nuestra capacidad de racionalidad. A diferencia de nuestros gustos personales, que son caprichosos y no ofrecen un camino seguro hacia la virtud, los deberes se pueden debatir con medios lógicos y comunes a todos los hombres.

Kant no fue evolucionista, en sentido darwiniano, pero concebía la ética como el despliegue de medios para conseguir fines. Las hormigas y las abejas pueden unir medios y fines, pero los humanos son únicos, porque pueden reflejar un juicio racional sobre sus deseos. Un individuo puede enunciar proposiciones de la forma: “Me gusta X, pero, ¿debería hacerlo? Haciendo caso del contexto social podemos decir: “Es mi deber hacer Y, aunque probablemente Y me lleve a resultados que no me agradan tomando en cuenta mis expectativas sobre lo que otros harán. Ahora bien, si la identidad racional es la capacidad de actuar por razones que trascienden el análisis de costo/beneficio, ¿cómo podemos deducir nuestro deber racional de manera imparcial, libre de intereses personales o prejuicios?

En su concepción de la ética, Kant consideraba que el lenguaje nos distingue de otras especies. Sin lenguaje somos unas bestias. Mientras que mentir a veces paga, si todos mintiéramos todo el tiempo, el lenguaje se volvería obsoleto. Los humanos racionales, concluye Kant, deben reconocer que tienen el deber de evitar como práctica (mentir) dado que la misma anularía nuestra invención suprema (el lenguaje). No es necesario invocar ningún dios, ni se requiere moralizar al demostrar nuestro deber de decir la verdad. El razonamiento práctico es todo lo que se necesita.

Aplicada a sociedades de mercado, la idea de Kant ofrece conclusiones fascinantes. Por ejemplo, los acuerdos estratégicos entre empresas para imponer un precio socavan la competencia si los precios están por encima de los costos. Después de todo, producir máximas cantidades a precios mínimos es el leitmotiv de cualquier economía. Del mismo modo que reducir los salarios mínimos por debajo del costo de vida es irracional. El colapso de una sociedad en la que predominen ingresos bajos y altos niveles de informalidad laboral está a la puerta.

Kant nos da pautas para una economía institucional y el diseño de mejores políticas. Nuestro compromiso con la reconstrucción del país supone adoptar mecanismos que sean consistentes con intercambios comerciales y flujos financieros equilibrados. En otras palabras, la ética pública no se puede lograr sin una redistribución que choca con los intereses de clase (burocracia, élite, dirigencia regional). Quienes han mantenido ventajas en el poder territorial no estarán dispuestos a ceder sus ganancias.

El cumplimiento de los acuerdos exige a todos los colombianos poner en práctica una racionalidad de deberes, no hay otra alternativa.

Lo más visto de Fernando Estrada

Sociedad

¡¡Los signos de exclamación!!

Mediante la puntuación, los mercados publicitarios y caricaturistas ponen énfasis determinados sobre rostros de personalidades, descripción de acontecimientos o gráfico...

Economía

El Capital en el siglo XXI de Thomas Piketty

El Capital en el siglo XXI ha logrado reunir series históricas al comparar las desigualdades y la riqueza; pero su...

Ingenios azucareros, Asuntos de ciudad

La competencia imperfecta y el cartel del azúcar en Colombia

Una política de competencia limpia en los mercados no es sólo una condición para generar riqueza, sino una necesidad para...