Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

Cuando llegué a la Universidad del Valle, me encontré con personas cuyo trabajo consistía en sentarse en las bibliotecas ante mesones largos y ventanas iluminadas. Bebiendo café, se dedicaban a leer y escribir.


Siendo niño, fui vendedor de periódicos en los barrios de Palmira, Valle. Pero mi vida laboral comenzó siendo barrendero en almacenes de repuestos automotores. El nombre del negocio era Partes para Autos, luego pasé al almacén Universal Camperos como mensajero, ascendiendo un primer escalón en mi vida como empleado. Tenía 14 años, y mucho entusiasmo por la lectura. De modo que combinaba mi trabajo diario en talleres de mecánica con largas lecturas a mediavela en las noches: Dickens, Tolstoi, Borges, Murray, y los cuentos de Lewis Carroll. En periódico, leí los Elementos de Euclides.

Había poca poesía entre los habitantes de Palmira. Los conductores y mecánicos entraban al almacén, recostados sobre el mostrador murmuraban cosas ininteligibles como “exostoparachevroymuelledetijeretafordydiscodefrenoswillys”, lo que significaba que querían cinco repuestos colocados debajo de los vehículos en quince minutos. Yo respondía muchas veces: “¿Mande?”, y se inclinaban sobre el mostrador, me agarraban por los testículos y repetían exactamente lo mismo, solo que vociferando.

Dure cinco años. Tiempo suficiente para graduarme como vendedor en líneas automotrices que hicieron época: Nissan Patrol, Toyota, Land Rover, Chevrolet, Ford. Ya entonces había combinado mi talento como vendedor de libros en la Editorial Planeta y el Círculo de Lectores. Luego, me ví ante el dilema entre ser vendedor o estudiar en una universidad. Ambas cosas no las podía realizar al mismo tiempo.

Todo esto sucedió en tiempos muy difíciles. Mi padre había muerto muy joven, de modo que fui padre y hermano mayor en una familia de ocho hijos. Y renunciar a mi trabajo entonces fue desatar una crisis de afectos… e ingresos.

Cuando llegué a la Universidad del Valle, me encontré con personas cuyo trabajo consistía en sentarse en las bibliotecas ante mesones largos y ventanas iluminadas. Bebiendo café, se dedicaban a leer y escribir sobre economía, filosofía, historia, física, química, biología. Y esto lo hicieron durante muchos años, Estanislao, Colmenares, Enrique Buenaventura, y mis maestros de lógica matemática y epistemología de las ciencias. Luego de dictar clases, el resto del tiempo lo usaban para seguir leyendo en sus casas.

Un tío solía preguntarle a mi madre periódicamente: “¿Ha conseguido Fernando algún trabajo, o todavía sigue en la universidad? La respuesta es no, todavía estoy en la universidad. Y he olvidado los códigos de barras en los repuestos automotores.

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