Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Fernando Estrada

En las ciencias, atribuir falsas causas a los problemas es muy crítico. Primero, porque sucede que se comenten errores teóricos con los supuestos (falacias) y, segundo, más delicado, porque al hacerlo se pueden tomar decisiones de política pública con resultados desastrosos para la sociedad.


El año 2017 deja pronósticos reservados en economía. Y en política la pandemia del populismo de derechas. No así, ampliación del poder popular o el poder del pueblo, lo que sería mucho mejor. La desigualdad y la pobreza son designadas como las causas de insatisfacción en países emergentes, y las clases medias acusan también una pérdida progresiva de posiciones económicas. Estas son proposiciones comunes, sin preguntas. La desigualdad es la causa de casi toda forma de protesta.

No obstante, hay preguntas controvertidas: ¿cuáles son las relaciones entre la desigualdad y la democracia?, ¿tiene relación la desigualdad con el crecimiento económico?, ¿se relaciona la desigualdad con la tasa de suicidios?, ¿es la desigualdad causa de informalidad laboral y desempleo? Observe que con cada pregunta tenemos un supuesto fundamental que no hemos explicado. O en términos de lógica, tenemos una petitio principii (petición de principio). No hemos explicado lo que damos por supuesto: la desigualdad.

Las preguntas anteriores —y otras relacionadas— suponen equívocamente como causa lo que es efecto, y viceversa. O fallacia non causae ut causae (falacia que consiste en tomar por causa lo que no es). La desigualdad es más un efecto o consecuencia que una causa de los cambios económicos. Es lo que sustenta Angus Deaton en su obra Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad (FCE, 2015). Los procesos económicos, en realidad, no se ajustan a nuestros juicios de valor, no al menos con la pretensión de verdad que les atribuimos. Algunos cambios económicos son buenos, como el impuesto a la herencia o la riqueza personal, otros cambios, no, como el incremento al IVA del 16 al 19 %, suponiendo que corrige los ingresos fiscales. Una medida muy mala del gobierno Santos, siguiendo políticas de gobiernos anteriores, es decretar por mandato el salario mínimo.

En las ciencias, atribuir falsas causas a los problemas es muy crítico. Primero, porque sucede que se comenten errores teóricos con los supuestos (falacias) y, segundo, más delicado, porque al hacerlo se pueden tomar decisiones de política pública con resultados desastrosos para la sociedad. No olvidemos que, a diferencia de la historia del Marqués de Sade o la filosofía de Plotino, la economía induce la toma de decisiones que afectan el interés público. Solamente cuando aprendemos a separar con cuidado las implicaciones de los conceptos, lo bueno o lo malo (o lo peor) del uso en la teoría económica, podemos entender lo que podemos hacer en diseño de políticas.

Sucede así con el tipo de proceso o cambio que relacionamos con la desigualdad. Siendo un concepto ambiguo, se le relaciona con problemas vinculados o correlativos como si fueran idénticos: pobreza o injusticia, por ejemplo. Pero la desigualdad no es lo mismo que la injusticia. Y cuando se evalúan estos temas en el contexto de la economía, muchos analistas acreditan a la desigualdad el ser la causa principal de los populismos (de derecha o de “izquierda”). Es la desigualdad la creadora de profundas divisiones en sociedades consideradas ricas, como Estados Unidos o Reino Unido. Y ¡qué no decir de países tercermundistas! Donde la desigualdad es causa de violentas reacciones en contra de sistemas populistas.

Hay hechos contradictorios con este supuesto. Algunos procesos o cambios económicos que generan desigualdad y que son vistos como justos. En la educación o en la salud, podemos tener numerosos ejemplos. Aunque también hay procesos y dinámicas de la economía que arrastran consigo profundas injusticias e inequidades. Hay desigualdades intolerables que desatan rabia y dolor colectivos.

Finalmente, como lo subraya Carl Schmitt, los problemas de la economía casi siempre tienen raíces políticas. En Colombia, a pesar de las medidas implementadas contra la corrupción y los sobornos del recaudo público, siguen destapándose escándalos semana tras semana. Como el abastecimiento de restaurantes escolares, Reficar, Interbolsa, etc. La minería ilegal o las concesiones mineras están en el ojo del huracán. En el año de campañas electorales, la principal autoridad de control, la Registraduría, no cuenta con mecanismos eficientes para regular los ingresos y gastos que tendrán los partidos y aspirantes al poder público. Realizar los análisis sobre las implicaciones económicas de estos procesos nos ayudaría a comprender mejor las desigualdades.

La desigualdad no es la causa sino el efecto. Sanear los mercados del poder político particular, depurar de la economía las presiones de monopolios específicos, denunciar la cartelización de bienes y servicios de primera necesidad, es parte de la solución a las tremendas inequidades existentes. No es destruyendo la competencia como mejoramos la economía, sino haciendo que la misma contribuya a ampliar las oportunidades de la clase trabajadora.

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