Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Personajes

Henry Valencia

"No podría definirme como persona y como poeta menos; es algo que deben hacer quienes me conocen y me han leído".

La pequeña tienda de "Carlitos", cerca al popular sector de la galería, fue el lugar propuesto por el poeta Henry Valencia para ser entrevistado. Ya en su casa del barrio Obrero (la de sus padres para ser más exacto), había contado un par de historias sobre su infancia, pero decidió salir pronto. Asegura no poder hablar de su obra en un lugar donde no ha escrito ni una sola línea.

La Timidez no le permitió dedicar su vida completa a las letras, pero sí a las ganas de escribirlas. Horas enteras de lectura y eternas conversaciones sobre Neruda y Borges con sus amigos en la Universidad Nacional en Bogotá, lo curtieron en el arte de los buenos versos y hoy muestra con orgullo sus creaciones poéticas compiladas en el par de libros que carga en su mochila tejida junto a una caneca de aperitivo y una cajetilla de cigarros.

Tras cada sorbo de licor sale una nueva historia de su boca. Una tras otra y sin detenerse más que para saludar a los mecánicos que toman refrigerio en la tienda, Henry cuenta como emigró de su natal Palmira hacia la capital y como llegó a ser "por casualidades de la vida", un poeta reconocido en varios círculos culturales del país.

"No podría definirme como persona y como poeta menos; es algo que deben hacer quienes me conocen y me han leído. Pregúntale a 'Carlitos' a ver que piensa", dice introduciendo sus dedos entre su cabellera blanca. Cuenta un par más de sus anécdotas antes de sacar sus libros y recitar un par de sus versos.

Deslumbramiento, el primer poema que escribió en la vida hizo cambiar la textura y el tono de su voz a tal punto de captar la atención de los engrasados personajes de la pequeña tienda.

"Es uno de los mejores declamadores de su propia poesía en el país. Un personaje como pocos que vive de una colección de nostalgias y recuerdos de sus amigos del pasado y con esos hilos teje su obra".

Mauricio Cappelli

Las palabras estilizadas que componían aquellos versos se mezclaban con su ya característico tufo a alcohol y nicotina, pero no dejaban de atrapar a quienes escuchaban su ritmo cadencioso, pausado y atípico al recitar.

A este autor lo mantiene vivo la idea de seguir escribiendo, de purgar sus penas por medio de la pluma que sólo utiliza en tabernas y tiendas como la de Carlos, donde no paró de hablar del reconocido poeta y ensayista William Ospina, su entrañable amigo de toda la vida.

De poeta y loco Henry Valencia no tiene un poco. Basta con escuchar tan sólo un par de sus anécdotas para darse cuenta de que esos dos calificativos podrían ser su nombre y apellido.

Asegura que cada vez escribe menos debido a su insomnio y que quiere regresar a su Bogotá querida a buscar de nuevo los libros que mil veces releyó, a las muchas mujeres que amó y a los amigos del alma que añora y que menciona tantas veces al día.

La entrevista acaba y Henry prefiere quedarse en la tienda. No hay mucho para hacer, pero hace dos semanas no asistía y ya le hacía falta el ambiente bohemio, la música a alto volumen y los mecánicos que lo saludan como a un hermano.

"Hay que seguir escribiendo, hermano, esa es la única salida para seguir vivo. Estamos en contacto y te muestro lo que va saliendo. Nos vemos", concluyó en voz alta, parado al lado de un parlante de su tamaño, desde la puerta del local.

Álvarez, Andrés Felipe. 2009. Henry Valencia, poeta y loco. El País, Palmirahoy. 436:16.
Foto: El País-Palmirahoy

El poeta palmirano Henry Valencia nació en el año 1953; estudió antropología en la Universidad Nacional de Colombia, fue ganador del Premio de Poesía Carlos Castro Saavedra en el año 1993.
Henry Valencia, considerado por los especialistas como uno de los mejores declamadores de Colombia, es el autor de los libros Una luz en la colina de San Antonio y El sótano de las golondrinas.

Sin título I

Ellos tal vez te recuerden mientras dormían

casi abrazados entre las hierbas jóvenes.

Eran dos y harapientos entre la hierba húmeda,

dormían, abrazados, casi abrazados,

en una actitud de loto, de bronce, de tierra.

Eran dos y harapientos muchachos

conquistando una pausa,

una grieta de luz,

un "no te acerques más",

un "déjame estar, déjame ser",

mientras tú y yo

agazapados en el lenguaje

conquistábamos una manera contra la muerte,

un lenguaje para existir;

un lenguaje donde pertenecer.

Henry Valencia

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