Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Crónicas y relatos

El viejo portón

Autor: Fernando Estrada

El viejo portón E

l viejo portón de casa estuvo cerca de cuarenta años, tres meses y dos días en su lugar; nunca preguntamos si cumplía un papel simbólico o daba seguridad a la familia mientras dormíamos. Por entonces, los símbolos de nuestra vida se parecían a los nombres de la esencia en Aristóteles, que se pueden expresar de diferentes maneras. Un viejo portón de madera no simboliza en todo caso la dignidad y menos en una sociedad de clases que evolucionaba desde el barrio San Pedro hasta el barrio las Mercedes, es decir, desde la pobreza extrema hasta una riqueza relativa. Palmira nunca tuvo en su historia ricos como los describe Norbert Elias en La Sociedad Cortesana. Aunque las casas de los que aparentaban riqueza tenían portones de madera en roble o pino libanés con sus tallados dejando ver distancias sociales evidentes. Yo, sin embargo, disfrutaba más con el viejo portón de madera de nuestra casa. Era la casa de la abuela en la que vivieron cuanto menos seis generaciones. El viejo portón también tenía su historia.

Como tantas familias desplazadas, la nuestra conservaba imágenes genealógicas del Viejo Caldas, imágenes de casitas campesinas decoradas con arquitectura española, y rodeadas por un jardín de orquídeas y helechos que colgaban de sus bóvedas, casitas con muros fuertes hechos de barro y boñiga de caballo. Casitas semejantes a estancias de campesinos y paseantes que ocupaban los paisajes de Colombia durante la segunda mitad del siglo XIX. En esa casita giraban los recuerdos de doce cristianos que habitábamos en ella. Nuestra casa era pequeña, una casita en diminutivo. Lo que fue grande e inmenso era el solar con sus árboles, sus cultivos y el pequeño jardín de rosas y jazmines. En dirección a las montañas de la Cordillera Central estaba la casa de la tía Berta de Obando Bustamante, al frente de la nuestra, la casa de la familia de Don Emiliano Lozano que, como Emiliano Zuleta, nos contaba también las historias de sus aventuras por el río de la Magdalena en Honda, Tolima. En ese mismo sector se encontraba la casa de José Lozano, uno de los gamonales de las ventas del periódico en Palmira.

Como un paisaje que contrastaba los Alpes Suizos y el verde esplendoroso de sus cantones con los galpones de miseria en Kentucky durante los años de la depresión económica, así se contemplaba la vida de los caldenses en Palmira durante la primera mitad del siglo XX. La familia más progresista tenía ollas de aluminio para cocinar los alimentos. En nuestra casa las ollas de barro colgaban por todos los lados. La cadena de alimentos procedía de una economía agropecuaria. En el inmenso patio se cultivaba plátano, café, maíz, cilantro, lechuga y legumbres de temporada. En todas las casas pobres se cubrían las necesidades básicas. Más aún, las familias podían perpetuarse en el tiempo comiendo lo que daba la tierra, eternizando a la vez una pobreza intergeneracional. Este cuadro comparado pone al descubierto que nuestros padres eran labriegos y campesinos que llegaban a una ciudad pequeña tratando de sobrevivir. Palmira era una ciudad que parecía campo.

El decorado de la casita fue distintivo. Un frente multicolor con las gracias antioqueñas, dos ventanas de madera que cambiaban de color cada seis meses: azul conservador, rojo liberal, verde como los cañaduzales, o violeta para el duelo de la abuela que duraría toda su vida. Dependiendo de los ánimos de los adultos, los niños podíamos contar con dos estaciones alegres o con estaciones poco alegres de colores gris o marrón. Las ventanas tenían aperturas que (obviamente) permitían toda suerte de indiscreciones. Tanto para quienes querían asomarse desde afuera, o viceversa. Podíamos observar quienes llegaban y quienes se iban. Los colores de las ventanas se conjugaban siempre con el color dado a la pared del frente. Blanco o verde marino, y organizábamos una fiesta para decidir con cuál color nos quedaríamos todo el año. Los preparativos de la pintura de la casita comenzaban desde octubre, de modo que finalizando noviembre teníamos todos los materiales. Así como sabíamos también perfectamente cómo quedaría la división del trabajo. Una imagen adecuada a los primeros capítulos de El Capital de Karl Marx, podía hallarse en todo el sistema que acompañaba nuestro proyecto del decorado. Desde luego, nunca tuvimos idea de Karl Marx, y menos que también había sido pobre en Londres durante la segunda mitad del siglo XIX.

A mi abuela no le interesaba Karl Marx, ni la viuda de John F. Kennedy, sino que la casita quedara como un nido del cielo. Y los escuadrones de sus hijos, nietos y bisnietos, colaborábamos para dejarla siempre satisfecha. Nuestra alegría durante las navidades trasladaba un ambiente que modificaría costumbres arraigadas en otro periodo del año, a saber: disciplina, seriedad, cumplimiento, consagración y pureza. La indisciplina era propiedad de nuestra adolescencia, de modo que tomábamos del pelo a los mayores y nos divertíamos con pequeñas travesuras, como simular a Don Montegranario, el gamonal del tabaco en Palmira. Don Montegranario no fue terrateniente, ni comerciante, ni político, ni burócrata. Era lo que en los propios términos de Karl Marx se llamaba un rentista de capitales que hacía dinero esclavizando a ochenta familias que trabajaban doce horas al día. De modo que nuestra venganza en navidad consistía en imitar su estilo medieval. Yo, que había observado su forma de distribuir pagos y el método reduccionista de salarios, fingía para nuestro juego adoptar las poses y el tono del gamonal. Mi hermano Edilberto se vestía como la vieja Filomena, con un pucho ardiendo en su boca. Y Amparo, nuestra prima, imitaba a la tía Mercedes con su creciente ceguera. Mi abuela reía con nuestro teatro callejero aunque nunca habíamos escuchado hablar de Moliere, ni Calderón de la Barca.

El portón tiene su historia. Había sido elaborado por mi abuelo José Gallego, antes de su muerte trágica el 10 de mayo de 1938. En el Viejo Caldas, algunos hombres se habían especializado en trabajar la madera después de sus labores de campo. Un aprendizaje más intuitivo que racional, mi abuelo le dedicaba tardes completas al portón de madera. Tuvo idea que sería una obra que reflejara su personalidad. Como efectivamente lo fue. Los grabados del portón parecían imágenes sacadas de las narraciones de Balzac en Paris durante la segunda mitad del siglo XIX. Vetas finas en diminutos rostros del campo: una vaquita, una mula panelera, un riachuelo, nubes y obispos suspendidos de sus sotanas. Toda la geografía de lugares y nombres familiares en un pequeño portón de madera. Mi abuela nos contaba que el abuelo José Gallego cuando llegaba cubierto del sudor de los cafetales, tomaba su comida y sin demasiados protocolos se consagraba a terminar los decorados del portón. Como si en lugar de sus hijos fuera el portón la obra de su vida.

El portón ocuparía un lugar central. Justo al ingresar después de la antesala de los jardines. Subiendo las escaleras de madera, lo primero que tenía el visitante era el portón, con sus grabados que combinaba colores profundos y tonalidades que cambiaban con la luz del día. En realidad, mi abuelo se había desvelado descubriendo su identidad. Hasta que llegaron los tiempos de la primera violencia del siglo XX, cuando ya no estaba mi abuelo José Gallego. Nuestra familia experimentaría la segunda, tercera y cuarta violencia, y ya se me perdieron las cuentas. La familia materna tuvo que escapar a la violencia promovida desde la capital por Laureano Gómez, tras el crimen de Jorge Eliecer Gaitán. En todos los pueblos del Viejo Caldas muchas familias de labriegos y campesinos tuvieron que dejarlo todo: tierras, animales, cosechas y recuerdos. Menos mi abuela, María de los Dolores, quien se negó a dejar todo en absoluto. Aunque lo único que pudo rescatar de la inhumana violencia fueron sus hijos y el viejo portón de madera. Como pudo lo arrancó ella misma, según contaba, y lo arrastró con el apoyo de una mula hasta la estación del ferrocarril en Manizales.

La fotografía muestra a mi abuela con sus hijos en la estación de Palmira. Se confunden en medio de otras familias que han llegado del Viejo Caldas. Sobre sus rostros la fatiga del viaje parece menor a su tristeza. Un baúl grande y dos maletas conforman todo el equipaje y sus pertenencias en este mundo. Al lado de mi abuela, cubierto con un forro de cartón ordinario, el portón de madera. La imagen es una poderosa proyección del tiempo revelado, símbolo de una personalidad que buscaba permanecer con aquellos que había amado. Con este trasfondo, la historia del viejo portón daba un tono conmemorativo a las tradiciones familiares, desde la semana santa, los bautismos, matrimonios, cumpleaños, pero sobretodo el tiempo de la navidad. El viejo portón recibía sus mejores atenciones. La curaduría del mismo fue responsabilidad de mi tío Javier, con retoques anuales sobre el tallado y la escogencia de la calidad de pintura que se usaba para preservar la madera.

El viejo portón significaba para nosotros una entrada a la historia. Teníamos que abrirlo y cerrarlo, aceitar sus bisagras y limpiarlo cada semana. Cuando lo abríamos podíamos acelerar la llegada de buenas noticias o una visita tan agradable como la de Manuel Obando. Don Manuel era esposo de mi tía Berta Bustamante, entre los antioqueños no he conocido un ser humano más generoso. Pero también su personalidad combinaba esa gracia de los buenos narradores, Don Manuel fue siempre un hombre alegre y hablador. Cuando llegaba desde Valledupar o Leticia con el ganado que transportaba en su Ford modelo 45, todo el barrio San Pedro hacía fiesta. El mismo era con su personalidad bulliciosa una parranda navideña. Yo corría desde dónde estuviera, quería ser el primero en abrir el viejo portón para darle una bienvenida a Don Manuel. El ruido de mi alegría se confundía casi siempre con sus nuevos cuentos.

Porque Don Manuel era un cuentero original. Aunque su aspecto no tenía parecido Griego, a mí me recordaba siempre a un rapsoda como Homero o como Ulises el personaje de la Iliada. Me sentaba encantado a escucharlo hablar con nuestra familia. Sus aventuras en todos los pueblos de la geografía colombiana inspiraron mis sueños de niño, desde las grandes culebras que dominaba en la espesura selvática del Amazonas o los Cisnes Negros que había visto en el Putumayo, las hermosas Salinas de Manaure hasta sus aventuras entre los Indígenas Paeces en el Cauca. Cada historia de Don Manuel estuvo siempre llena de su gracia antioqueña. Las mujeres fueron siempre su debilidad. Contaba que por sus amores habían pasado grandes mulatas del Urabá, mestizas de todo el Valle del Cauca y negras de la Costa Pacífica. Don Manuel era un mujeriego como Don Giovanni, el de Moliere. En el barrio le tenían rabia maridos celosos y ganas las mujeres jóvenes. Algunas veces las ofendía para que no fueran a buscarlo.

Cuando faltaba la comida, Manuel Obando llegaba con racimos de plátanos, bananos, yuca, bultos de papa, o arrobas de arroz traídas desde el Huila. El camión Ford modelo 45, llegaba para estacionarse frente al viejo portón de nuestra casa. Un olor a boñiga de vacas y caballos se esparcía por todas partes. Yo le abría el viejo portón y Don Manuel me tomaba con sus manos como de Ciro el Persa. Entonces me preguntaba si quería un cuento o una barra de chocolates. Yo sabía que si anotaba lo segundo no me daría ninguna de las dos cosas, por lo que le pedía que nos contara un cuento. En pocos minutos estábamos muertitos de la risa y con barras de chocolates en nuestros bolsillos. Según la historia de los Griegos, Hermes tuvo como destino los mensajes que los dioses comunicaban a los mortales. Don Manuel fue para los niños de nuestro barrio como Hermes. Un poco más gordo que el Griego original pero su manera de contar historias —sostenido en el viejo portón— fue inigualable.

En el viejo portón posaban también los enamorados. Madre nos contaba que abría o cerraba el portón cuando llegaba su novio. Un joven acicalado con loción Yardley y gomina en su cabello, al estilo de Carlos Gardel. Quien en el futuro sería mi padre fue todo un caballero tipo Buenos Aires. Tocaba el portón como en los rituales de la Baja Edad Media, primero un golpe suave con el puño de sus manos, nunca con el primer toque en casa se abría la puerta. Luego venía un segundo toque: toc toc toc. Entonces, al abrirse el viejo portón dejaba revelar el rostro adolescente de Madre. Todos los demás quedaban pendientes de las primeras palabras, desde quienes estaban en el patio o solar hasta los que se encontraban guardando una siesta en la alcoba que daba a la calle. Toda la casita de mi abuela se trasformaba en un gran oído. Madre nos contaba que tenía cuidado de no abrir el portón de par en par y menos si lo que recibía con las primeras palabras era un ramo de rosas o alelíes. Los enamorados se encontraban siempre en el portón y se despedían en el mismo, antes del anochecer.

Cuando Madre nos criaba, el viejo portón podía cumplir dos funciones. Primero, representar nuestro peor obstáculo. Segundo, procurarnos las alegrías del encuentro con cada visita. En nuestra experiencia se grabaron los estilos y tiempos verbales de “saludar”, “tocar”, “abrir”, “cerrar”, “enamorar” o “despedir”, desde el viejo portón. Sabíamos que los molestos vendedores golpeaban el portón con demasiada tosquedad o que los compradores de tabacos siempre tocaban con una moneda. El toque de Don Montegranario se distinguía de la vendedora de veladoras, mientras ésta tocaba cuatro veces, el viejo gamonal siempre quería tumbar la casa. A una mayoría se le olvidaba tocar con el aldabón, entonces recurrían a medios manuales. Mi abuela nos contaba haber dejado plantado a un pretendiente que casi pierde sus dedos insistiendo ante el viejo portón. Nosotros creíamos que el mismo fantasma de José Gallego había endurecido la madera con el fin de que nadie se atreviera con su viuda.

Y con el paso de los años observamos que en realidad su dueño no se había marchado. Aunque en los álbumes familiares se le notaba bien muertito, José Gallego, seguía estando en casa. A pesar de las lecciones del señor Emmanuel Kant sobre las apariciones de fantasmas y el mundo de los muertos, en mi casa siempre hemos creído que los que se mueren pueden regresar. Más aún, si han logrado obras de arte superior como el viejo portón de José Gallego. A David Hume tampoco pareció convencerle la aparición de los muertos, como a mi padre, cuando pasaba su Luna de Miel con Madre. Mi padre juraba sobre una Biblia que no creía en fantasmas. Y siempre practicaba un escepticismo criollo, es decir, cada que juraba se tomaba dos copas de aguardiente. Tanto el señor Emmanuel Kant como David Hume se podían dar la mano con mi padre, ninguno creía en espantos, ni fantasmas, ni en los sentidos únicamente, ni en los dictados de la imaginación. Aunque por diferencia con los dos filósofos, mi padre era un bohemio consumado. Y todos sabemos las imágenes provocadas por media garrafa de aguardiente. Mientras toda la familia se acostaba temprano, después de haber rezado el Rosario, mi padre se quedaba leyendo prensa o un libro bajo la iluminación de un candelabro.

Un jueves santo, la familia buscaba el sueño después de haber participado en la Sagrada Eucaristía. La breve historia es de mi abuela. Todos se habían quedado dormidos, menos mi padre. Yo no había nacido. El apuesto caballero de la gomina en el cabello, estilo Carlos Gardel, se puso cómodo. Mientras se quitaba su sacoleva y desabrochaba la correa de su pantalón, tomaba el periódico. Las noticias de aquella semana describían los desastres naturales provocados por el invierno, imágenes de cientos de familias de Antioquia y el Viejo Caldas saliendo de caseríos con sus equipajes a lomo de mulas. Siempre —pensaba mi padre— los más pobres son los más desgraciados. Pensando así una imagen de la portada impresionaba sus pupilas: un caballo había llegado a una hacienda en Viterbo, Caldas, anunciando la muerte de su amo. ¿Cómo pueden comunicar una nota con semejante imaginación? —pensó mi padre—. Cuando su curiosidad le llevó al desarrollo de la noticia quedaría aún más sorprendido. El periodista describía la trágica muerte de un señor, quien luego de haber enviado víveres a su hacienda con un trabajador, se había quedado en el pueblo tomándose unos aguardienticos.

Mientras el señor se tomaba sus copas, su caballo le esperaba. Hasta que llegando las horas de la noche su dueño tomaba camino hacia su casa. Todos sabemos cómo las bestias conocen mejor que los cristianos los caminos del campo. Y el caballo había recorrido las mismas trochas durante una década completa. Pero lo que no previeron ambos fue el desbordamiento del Rio Cauca. Cuando pasaban por la hacienda la Gaitana, antes de tomar el viejo cafetal tenían que atravesar el puente. El buen hombre cantaba las canciones de Lucho Gatica, y su caballo marchaba en silencio. Habían llegado a una espesura sin visibilidad, de modo que en adelante todo dependía de la sensibilidad de la bestia. Del olfato y los ojos del caballo. Pero súbitamente sobrevino la catástrofe, con el ruido de la tierra que se deslizaba desde las montañas, el caballo ansioso comenzaba a relinchar saltando de un lado hacia otro. El pobre hombre no pudo sostenerse en la silla y caía desesperadamente hacia el fondo del río. Con semejante angustia el caballo remontaba la tormenta hasta llegar a la hacienda sin su amo. Una mujer con sus hijos salieron a encontrarse con el mensajero de la tragedia, el caballo les conduciría hacia el lugar en donde había caído el buen cristiano.

¡Qué dolorosa noticia! —Pensaba mi padre mientras leía— Entre tanto, las horas habían pasado, y en el candelabro la llama comenzaba a extinguirse. Toda la casa quedaba en penumbra. Como a mi padre siempre le gustaron los cuentos de Edgar Allan Poe, experimentaba con frecuencia estar en los mismos sitios de sus cuentos y leyendas. Un cigarrillo Piel Roja, un sorbo de café. Ahora las páginas de El gato negro. Escuchó un ligero golpe sobre madera, y lo desestimó porque hacía viento. Diez minutos luego, dos golpes de un puño que provenían de la calle. Alguien tocaba el viejo portón, pero ¿a esta hora? Mantuvo su atención sobre el cuento de Poe. Pero la siguiente llamada no fue un golpe de manos, sino con los aldabones. Mi padre tomó entonces la lámpara, encendió el mechón con petróleo y se dirigió hacia el viejo portón. ¿Quién llama?, preguntó. Se hizo un largo silencio. Entonces decidió regresar, cuando sintió tres golpes fuertes, más fuertes. Como pudo colocó la lámpara sobre el suelo y se asomó por una hendidura de la puerta. Lo que vieron sus ojos lo marcaron durante el resto de su vida. El mismo hombre de la portada del periódico, el señor que se cayó de su caballo, levantó su mirada cadavérica y le preguntó, “Y usted, ¿qué hace aquí?”.

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