Palmira, Valle del Cauca, Colombia.
La ciudad vallecaucana tiene el nombre que no es, y una canción que tampoco. Un día de finales de los ochenta llegó una invitación a la casa de José Benito Barros en El Banco, Magdalena. Al maestro lo invitaban con frecuencia para que interpretara Navidad negra, La piragua, o alguna de sus otras muchas composiciones en algún festival de pueblo. Pero en esta ocasión se trataba de un homenaje especial, una distinción como ciudadano honorífico de Palmira. Por esos días la canción de Barros, Palmira señorial, era un gran éxito bailable, todo un himno no oficial del pueblo.
Las autoridades municipales, la Iglesia, el comandante del batallón Codazzi, y la
sociedad palmirana en pleno habrían salido todos muy contentos de este homenaje si
el maestro Barros no hubiera decidido contar la verdad.
La mujer que a él le había inspirado esa canción, dijo no era de esta Palmira, ciudad
de la cual él si acaso había oído hablar. Esta enamorada suya era de otra Palmira,
allá en el Magdalena.
Tres Palmiras costeñas trae el Diccionario Geográfico de Colombia. Además, el gentilicio correcto en este caso es "palmirana", y no "palmireña", como lo repite una y otra vez Barros en su porro: palmireña, cómo te quiero.
El maestro no tenía por qué saberlo, claro, pero esto de las confusiones lo lleva Palmira en el nombre mismo. Todos recordamos la antigua ciudad siria del camino de la seda, la de los más de dos mil años de historia, la de la mítica reina Zenobia. Pues esa Palmira nada tiene que ver con ésta. Ocurrió que en 1813, cuando en las tierras neogranadinas soplaban vientos de independencia, los vecinos del pueblo de Llanogrande se reunieron para proclamar la autonomía de un territorio que Cali y Buga se habían disputado por siglos. Pues ese día escogieron el nombre de Palmira por su eufonía con el de la parroquia local: Nuestra Señora del Rosario del Palmar. Y Palmira, la Villa de las Palmas, se siguió llamando.
Si de nombres mal asignados se trata, no resultó muy favorecida tampoco la etnia ancestral que habitó aquí en los primeros siglos de la era cristiana. A esta cultura aborigen, contemporánea con las de Tumaco y San Agustín, la terminaron bautizando Malagana por ser ésta la hacienda en cuyas tierras se hizo el primer hallazgo. Su descubrimiento por el mundo científico en 1994 habría podido ser el aporte arqueológico más importante de los últimos tiempos en el país. Porque si los indígenas estuvieron de malas en llamarse Malagana, tuvo una suerte peor su legado orfebre. Fueron miles las piezas de oro que guaqueros de toda laya desenterraron en Malagana entre 1992 y 1993.
La historia empezó el día en que un tal Pedro Tabares vio desde su caballo un brillo extraño en el piso. Y se "enguacó". Con sólo escarbar a mano extrajo en minutos valiosas figuras en oro y tumbaga que cargó en su mochila. Antes de perderse para siempre -según reza la tradición local, don Pedro mostró a sus conocidos su pequeño tesoro.
La noticia, claro, se regó, y en pocos días sobrevino la estampida. Centenares de guaqueros
espontáneos negociaron aquí sus hallazgos al gramaje con coleccionistas privados.
Se habla de monjas envolviendo entre sus hábitos las doradas piezas a poca distancia de donde
escarbaba a pico y pala toda la planta de la alcaldía.
Aseguran también que la fuerza pública, cuando llegó por fin a proteger aquel valioso patrimonio,
cobraba cuotas para dejar pasar a los más insaciables entre los buscadores de guacas. Cuando los antropólogos
llegaron era poca la tierra que quedaba por remover.
Olvidado el capítulo de Malagana, la gloria de este valle volvió a estar en la caña de azúcar. Vale recordar que Sebastián de Belalcázar sembró por los lados de Jamundí sus propios plantíos. Pero fue en estas tierras de la "otra banda" donde surgieron los cañaduzales más extensos. También fue en esta ribera oriental del río Cauca en donde construyeron, en 1901, el primer ingenio azucarero tecnificado. En aquel proyecto empresarial de Santiago Eder, en su hacienda Manuelita, la pesada maquinaria industrial inglesa tardó dos años en hacer el viaje desde Buenaventura. Muy cerca también de Llanogrande hay otra hacienda, El Paraíso, hogar de infancia del escritor Jorge Isaacs, y escenario de su novela María.
Sólo para cerrar una crónica musical y arqueológica con algunas ínfulas literarias, va una frase de María. Se trata de aquella que, por alguna de esas razones de la vida, terminó impresa en los billetes de cincuenta mil. Dice así: "Veíamos a la derecha en la honda vega rodar las corrientes bulliciosas del río, teníamos a nuestros pies el valle majestuoso y callado". Callado como ese valle te debiste haber quedado tú también, José Benito, aquella noche palmirana.