Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Crónicas y relatos

La peluquería

Autor: Fernando Estrada

Antigua peluquería en Palmira E

n el caso de los niños, las peluquerías en Palmira reproducían una tortura semejante a la Santa Inquisición. Nos llevaban amarrados. Ante la personalidad de un peluquero que oficiaba como esos cirujanos de las películas de sir Alfred Joseph Hitchcock, nuestros padres nos entregaban al sacrificio sin anestesia. Quienes profesaban un temprano pacifismo recibían como premio final un paso con agua florida de Murray, pero en cambio los más rebeldes, quedaban con sus manos atadas a la silla, mientras a lado y lado, mamá y papá se encargaban de mantener la cabeza de la criatura en posición erguida. Mientras tanto, el barbero afilaba su navaja sobre la ancha correa de cuero de ganado ante la mirada aterrada de la pobre criatura.

En Palmira, las peluquerías fueron escenarios dignos de un Chesterton. Porque se practicaban en ellas auténticas escenas de crímenes con arte surrealista. Historias de niños que llegaban con sus melenas, sus cabellos ensortijados a la manera de un Dandi, con esa alegría que brindaba parecer una niña mimada. Hasta que irrumpía el crimen, con la complacencia de los padres, las tías, los primos, los compañeritos de colegio y, como no, las profesoras. Los autores de la patraña mostraban sus caras de alivio cuando la criatura quedaba como un feto dentro de una botella de alcohol. La víctima encontraba los motivos de su orgullo tirados por el suelo, hasta que observaba como su hermano menor era preparado como la siguiente víctima.

Treinta años después de la Segunda Guerra Mundial, en Palmira la tasa de mortalidad infantil llegaba hasta el siete por ciento. Los niños que no morían de hambre, podían quedar expuestos a la viruela, el sarampión o una epidemia de piojos. Esos bastardos animalitos que se anidaban en sus cabezas, comenzaban haciendo estragos después de la tercera semana. En las escuelas y los colegios más pobres, las autoridades comenzaron campañas de salud dirigidas hacia la población infantil. En los hogares que no podían pagar la droga convencional, se compraban veinticinco centavos de petróleo. Las cabecitas de los niños se amarraban de un día a otro con trapos humedecidos en petróleo. En muchos casos se lograron salvar unas cuantas cabezas pensantes, pero, en una mayoría, los piojos terminaron consumiendo a los más pobres.

Los niños de Palmira no contaban con libertad para elegir entre la peluquería o las burlas de sus amigos. Generalmente, fueron llevados como ovejas al matadero. Con todo, la gracia de los buenos peluqueros en los barrios pobres, consistía en descubrir las diferencias entre su clientela: niños piojosos, demasiado piojosos o niños sin remedio alguno. Las cuchillas del peluquero, asimismo, estaban clasificadas; de modo que las más ásperas se colocaban sobre la cabeza de los culpables (demasiado piojosos), mientras a los niños con una que otra liendra, los trataban como terciopelo.

Para muchas familias asistir a la peluquería con sus niños era como entrar gratis al teatro Materón o el teatro Obrero. Porque después de la trasquilada, entre los depósitos de cabello que quedaban en el piso, se contemplaban auténticos carnavales de piojos desplazados forzosamente. Los piojos sobre las cabelleras cortadas andaban como los jinetes en las ferias agropecuarias sobre sus caballos.

Como la tasa de natalidad en Palmira no era maltusiana, los hogares tenían en promedio entre diez y doce criaturas. La cadena alimentaria podía comprender desde tierra fértil hasta cáscaras de huevos con azúcar. O bien los padres compraban panela en los trapiches cercanos, que se combinaba con dos libras de arroz, esto tenía que durar toda la semana. La fertilidad de las mujeres llegaba hasta un 95.7 %, buen indicador para el mercado de las peluquerías, aunque devastador para la calidad de vida de las unidades familiares. En este contexto, los peluqueros de Palmira se contaban como una clase adinerada. En San Pedro había un peluquero que abría su negocio a las siete de la mañana, y cerraba a las diez de la noche. Las colas de los padres con sus niños melenudos eran semejantes a las entradas al teatro Libertad.

Las peluquerías oficiaban también como centros de epidemiología. Podían establecer clasificaciones poblacionales a la manera de los censos en Europa durante los siglos XIII y XIV. Un peluquero sabía que de la higiene de sus cuchillas dependía su fortuna. De modo que se tomaba sus precauciones. Bien porque esos niños eran casos irremediables de infecciones cutáneas, o porque padecían las denominadas siete luchas. Palmira fue el municipio con mayor densidad poblacional afectada por las siete luchas.

Las peluquerías tuvieron en Palmira los mismos indicadores de salud poblacional que en Viena (Austria) en los tiempos del archiduque Fernando. Las mismas formas de diagnóstico para enfermedades contagiosas. Así, separaban a los niños enfermos de los niños alentados. Si la melena de la criatura daba serios indicios de piojos, los padres contaban con una de dos alternativas: aplicar severas dosis de petróleo o Kankil. La otra salida era ofrecerle una suma de pago superior el peluquero. En estos casos también la tabla de pagos establecía diferencias: niños formales pagaban ochenta centavos; necios, un peso. Una población más reducida quedaba por fuera de la clasificación: niños en estado de locura. Los peluqueros disponían para estos casos un servicio a domicilio que en muchas ocasiones se pagaba en especie.