Palmira, Valle del Cauca, Colombia.
apítulo aparte y muy destacado merece la provechosa, y por todos los aspectos definitiva, inmigración japonesa que el 16 de noviembre de 1929 llegó hasta nuestra ciudad, y que está ligada íntimamente con el progreso agrícola de la ciudad. Aunque Perú, Argentina y Brasil brindaban magníficas oportunidades a los ciudadanos japoneses para establecerse en sus países en el año de 1926, la traducción al idioma japonés del vernáculo libro María de Jorge Isaacs, cuyos capítulos se desarrollaron en nuestra región, despertó un interés creciente por Colombia y concretamente por el Valle del Cauca entre el pueblo japonés, cuyos intereses en las cuestiones del campo eran innatas en ellos.
Las posibilidades económicas que brindaba Colombia y la fertilidad y belleza de nuestro Valle, determinaron que la primera entrada del Japón a Colombia se hiciera a través de 28 familias que se residenciaron en nuestra ciudad.
Dirigidos por don Samuel Shima y Adolfo Nakamura, verdaderos dirigentes y líderes de tan simpático, entusiasta y trabajador grupo, empezaron su tarea de sembrar nuestras tierras, implantar nuevas técnicas en aplicación de abonos y formas de cosecha, sin desestimar el beneficio de una buena selección de semilla.
¡Cómo debió de parecerles de lindo nuestra Valle a estos ciudadanos de un país tan acosado por el mar en todos sus límites! El Valle estaba rodeado de cordilleras, bañado por un caudaloso río y asentado en una planada verde, fértil y dispuesta para todos los cultivos. Su clima era agradable, su brisa refrescante, su paisaje poético y sus gentes eran gentes de trabajo acogedoras y serviciales.
Formaron una sociedad denominada Sociedad de Agricultores Japoneses (SAJA), que contribuyó al progreso de la ciudad, y que nunca escatimó esfuerzo alguno para hacerse presente en las campañas que Palmira ha adelantado en bien de su desarrollo.
A ellos deben las tierras del Valle del Cauca su progreso sorprendente; el puesto de avanzada que ostenta Palmira en cuestiones agrícolas y ganaderas está simentado, en buena parte, por el trabajo técnico y organizado de estos palmiranos de adopción, que Palmira acogió con tanto cariñó, y de quienes recibió inmensos beneficios.
La colonia japonesa merecerá siempre el aprecio y el reconocimiento de Palmira por el beneficio que su asentamiento ha representado en nuestro desarrollo.
Raffo Rivera, Álvaro.1992. De Llano Grande a Palmira.1 ed. Santiago de Cali, C. Imprenta Departamental del Valle. p. 61-62.
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