Palmira, Valle del Cauca, Colombia.
a primera feria de Palmira, evento cívico que nació de la iniciativa del periodista, doctor Cipriano Duarte, a quien acompañaron, como miembros de la junta organizadora, los señores Narciso Cabal, Francisco Rivera Escobar, Carlos Belden y Luis Felipe Rosales, algunos de los cuales llegaron a adquirir renombre en el plano nacional. Fue tesorero el joven ingeniero Enrique Eder, a quien auxiliaron su padre y hermano, recursivos como él para el planeamiento y desarrollo de actos colectivos de esparcimiento, justas y torneos sociales.
La buena distribución del tiempo entre las exigencias del trabajo, el descanso reparador y el oportuno esparcimiento espiritual, ha dado al hombre el secreto para saborear los mejores dones de la existencia. Los terratenientes de Llanogrande poseían esta clave de buen vivir y solían manejarla prudentemente. La jornada, de las seis de la mañana a las cinco de la tarde, con sólo una interrupción a la hora en que era mayor el rigor del clima, durante los seis días dedicados a ganar el pan conforme al precepto divino, daban paso, cada semana, a los esparcimientos de carácter social, con los que se desterraba la murria campestre. Tertulias galantes que ofrecían las mansiones rurales; cabalgatas y paseos a los poéticos rincones, tan abundantes por la comarca; cacerías y excursiones colectivas, festividades patronales o de tradición, suministraban pretexto para torcerle el cuello a la monotonía. La exigente cortesanía londinense, matizada con la bizarra galantería de nuestros pueblos exuberantes, daban, en aquel escenario de insuperable belleza y dentro de la vida feudal entonces imperante, motivación espiritual del discurrir campestre. Fue así como, por la intervención de los hacendados, la primera feria de Palmira hubo de alcanzar y alcanzó alto grado de esplendor y lucimiento.
Para que la ciudad y la comarca aledaña derivaran el mayor provecho, nada se quiso dejar a la improvisación. Los preparativos tomaron dos años y al efectuarse la apertura de los actos públicos el 20 de julio de 1898, Palmira estaba capacitada para recibir, con la hospitalidad que es proverbial entre sus moradores, a la caudalosa corriente de visitantes que llegaba, por todos los caminos, procedente de las ciudades del Valle y de otros departamentos. Hermosos ejemplares de ganado vacuno y caballar, originarios de las dehesas que bañan los ríos Amaime, Nima y Bolo, fueron objeto de valiosas transacciones. En las plazas públicas y en algunos recintos previamente acondicionados se efectuaron bailes animados por conjuntos musicales. Juegos permitidos y de azar tuvieron los amigos de tentar la suerte. Si saraos fastuosos, en mansiones sociales, fueron pretexto para el derroche y las manifestaciones del lujo, las populares corridas de toros sirvieron para satisfacer el ancestro de esta afición española. Todo, en fin, contibuyó a darle vivacidad y resonancia al acontecimiento, considerado por muchos como el punto de partida de los que, a fuerza de regular repetición, y ampliados sus objetivos año tras año, han hecho tradición en Palmira.
Plazas & Perri. 1964. Manuelita, una industria centenaria. 1 ed. Colombia. Editorial Argra. p. 70-71-72.
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