Ese día lo primero que hizo Gertrudis antes de levantarse a las seis de la mañana,
fue regocijarse con la emoción que le cedía el desentumecerse sobre la cama hasta más no poder.
Es una "joda" tener que levantarse a esta hora hoy domingo, después de estar lidiando toda la
semana con los trastos de la cocina - Aseveró rascándose la cabeza y echándose las greñas sobre
la frente, empezó a preparar el fiambre para su marido Matías que se iba de pesca.
Después de un arroz de especial blancura, crecido y exquisito en el aceite, agregó:
¡al pescador pescados! - Y le empacó una lata de sardinas.
Con el deseo de ir a misa a la catedral, como acostumbraba los domingos, se trepó
en unos tacones y salió a la calle rumbo al templo y mientras caminaba se enteró
que los rayos del sol le resultaban vigorizantes.
Entró en la iglesia e hizo una genuflexión y se quedó de pies mirando hacia varios lados
mientras se le erizaba el cuerpo. Ojeó por los alrededores sin percatarse del "felino"
que estaba a su espalda y le había clavado el ojo desde que entró. Era la mirada como
de los guapos al conquistar; ella no pudo dejar de mirarlo por un instante sostenido y
se sacudió de hombros sin poder evitar los delineos de la sonrisa.
La misa se desenvolvía normalmente cuando el tigre decidió echar unos pasos hacia adelante.
Después de la elevación, el felino articuló muy juntito a ella: ¡Qué bella te ves por detrás!...
¡Silencio! - Le dijo ella casi chistando.
La misa llegó a su final. ¡Démonos la mano en señal de paz! - Ordenó el sacerdote de muy buena gana a
los fieles y el apuesto caballero le tomó la mano a su conquista con disimulo y algo más, hasta que
la vencida por una mirada electrizante le decía con ternura que le aflojara los dedos.
¡Podéis ir en paz! - Exclamó el abate después de la bendición general, para que la pareja saliera
muy juntitos de la catedral ante las miradas de los testigos accidentales que murmuraron dentro
del templo y asombrados los vieron marcharse a lo largo de la calle.
- ¿Dónde vamos? - Insistió ella al sentirse arrastrada como por arte de magia,
por una calle que no era la ruta hacia su casa.
- A celebrar este encuentro - Dijo el pretendiente poniendo ojos de ternura.
- ¡Pero no me mires así que por aquí nos pueden ver, espera a que lleguemos a otra parte! -
Cantó emocionada.
- ¿No te arrepientes de que te invite a tomar algo?...
- No creo que tenga algo de malo…
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó interesada.
- Juan…
- ¿Dónde vives? - Interrogó ella con impaciencia
Él le preguntó su nombre cuando llegaban enfrente del restaurante Casa Vieja, de la calle 30 con carrera 32, revestido de la elegancia de los buenos restaurantes.
Un apuesto mesero con repertorio para el caso, hizo la bienvenida con las manos a su
espalda e inclinándose como si tuviera el deseo de exhibir la línea recta de su crencha.
Fue el mismo don Juan quien apartó el asiento de la mesa, para que su invitada se
acomodara y ordenó al asistente atender muy bien a la señora, pidiéndole el favor
de ser muy cuidadoso con lo que ella pidiera.
- ¡Vino afrutado por favor! - Ordenó el cliente con un tono embadurnado de gracia,
señalando al mesero quien con gestos teatrales le llevaba la corriente. Una venia
reverencial, casi sacerdotal fue el gesto del velludo al mesero dando las gracias por el servicio.
- ¡Salud mamita! - Fue cuanto se le ocurrió al jayán con tono varonil afectado,
cuando ya tenía a la convidada entre sus brazos.
El trago de Gertrudis fue hondo, hasta el punto que le tocó reubicarse después de que le dio vueltas la cabeza.
- ¡Tómate otro! - Insistió el macho llenando rápido las copas.
Eran ya las 12:45 de la tarde cuando el adulador pidió el listado de platos. Ella asintió con una leve sonrisa; él le lanzó un beso y ella un poco ruborizada agachó la cabeza mirando de reojo a su bizarro, por entre las aberturas de los cabellos que le caían por encima de su frente. Otra copa de vino servida cuando ella exclamó: ¡Siento calientes los zapatos!... Frunció la nariz con coquetería, entretenida en los movimientos del mesero, acomodando pan, cubiertos y platos, enterado de que las palabras de la cliente ya tenían un tono jocoso.
Si hubieran sido dos auténticos enamorados, posiblemente no hubieran comido tan juntitos, ni hubieran sido tan frecuentes los bocaditos del uno hacia el otro. Poco faltó para la regurgitación. Después del deleite gastronómico y casi de inmediato, la voz del varonil salió con todos sus acordes: ¿Te quieres tomar otro whiskey?... De inmediato se ordenó whiskey mientras se retiraban los platos.
Y vinieron los tragos unos a otros entre abrazos y besos bastante ajustados, que
escandalizaron a las parejas de clientes que llegaban al lugar sin esas intenciones.
- ¡Este no es lugar de salacidades! - Murmuró disgustada la dueña del negocio, pero no pudo
hacer nada por evitarlo por temor a una discusión
El reloj marcaba las siete de la noche y ustedes podrán imaginar como estaba aquella
invitada ante el enfrentamiento con la artillería pesada de aquellos whiskeys, que el
galante había manejado con premeditación y prudencia. Ella estiraba los labios como
haciendo un nudo con ellos y giraba la cabeza como si el cuello fuera de trapo; movía su brazo derecho
estirando el dedo índice como si dictara una sentencia que no acertaba terminar, o como si
señalara una mosca revoloteando sin parar.
- ¡Nos vamos! - Maulló el gatuno con un mohín de ataque final.
- ¡Yo de aquí no me muevo para nada con usted! - Aseveró con mucha seguridad la dama, aunque balbuceando.
- Me tengo que ir ya - Dijo don Juan como si hubiera entendido la decisión
de su invitada en la tonalidad de sus palabras.
- ¿Para dónde vas? - Preguntó más que sorprendida ella.
- Para Cali, me están esperando a las ocho - Exclamó el caballero con serenidad.
- Y yo me tengo que ir para la casa - Farfulló ella abriendo desmesuradamente los
ojos y asustada gritó: ¡Mi casa!... Matías ya debe haber llegado… ¡está oscuro!... ¿qué hora es?...
- Las 7:30 - Dijo desconcertado el gatuno.
- Mi hijo ya debe haber llegado también… ¿y ahora que "hifueputas" hago?... ¡qué pena con mi
comadre se quedó esperándome!... Tartamudeaba lamentando que en su casa no hubiera teléfono,
mientras le rodaban las lágrimas como programadas con un gotero. El tigre la miraba casi
divirtiéndose, porque no podía levantarse del puesto a causa de su juma.
- ¿Sabes que tengo un automóvil? - Dijo el galán con un acento benevolente.
- No, no me lo había dicho - Masculló ella con una mezcla de confusión y burla.
- Voy a traerlo para que nos vamos a donde te puedas recostar mientras se te pasa un poco la borrachera…
Gertrudis clavó la cabeza sobre su brazo en el borde de la mesa entre el gimoteo y su pea, cubriéndose el rostro con los cabellos, mientras el muy don Juan, salía con un gesto cargado de urbanidad en busca del automóvil y el mesero inclinaba su cabeza, aceptando las palabras de su cliente: ¡Alísteme la cuenta mientras voy por mi automóvil!... ya regreso… Y se marchó levantando la mano derecha para despedirse.
Después de un buen rato, el suficiente para que la borracha se quedara dormida, el mesero se le acercó para despertarla de su pítima pasmosa y decirle con un tono acentuado: ¡Mire señora!... llamó por teléfono un señor quien cortó rápidamente y me pidió que le dijera que era una verdadera pena, el que usted tuviera que pagar la cuenta…
Palmira, junio de 1986
Era el anochecer de un domingo de junio del año 1986, cuando un amigo me invitó a saborear la especialidad del restaurante Casa Vieja en la ciudad de Palmira, Valle. Llegamos en medio de un olor que me alborotó el apetito y una situación que nos llamó la atención.
Una señora de bonitas facciones y de una madurez interesante, salía sollozando en brazos de un joven como de aquellos que apenas empiezan por estrenar la cédula. Nuestra amiga dueña del establecimiento, les miraba más que sorprendida mientras se marchaban, pero en sus labios había una simulada sonrisa inevitable. Se acercó para saludarnos como acostumbraba hacerlo, cuando estalló mi interés.
Le pregunté de qué se reía, porque su rostro ya se pasaba de risueño. Y empezó el relato de lo que en mis letras os acabo de contar. Nos guardamos el nombre de la señora y su dirección domiciliaria, pues consideramos que los hechos (así hayan sucedido en un establecimiento público) pertenecen solamente a su vida privada y de contarlos con nombres propios resultaría difamatorio. Ya comprenderá que el nombre de Gertrudis es ficticio.
En esta narrativa está lo imaginable basado en la explicación que ella le dio a la dueña del negocio sin habérselo preguntado, pero que fue necesario conocer cuando ella quiso justificar el cobro de la cuenta. En su explicación se limitó a decir que aquel extraño la había invitado a almorzar y ella había aceptado, porque le pareció simpático y amable. Que lo había conocido esa mañana en misa. Dijo que en su casa no había teléfono; que vivía por el sector del Parque Lineal, su marido se había marchado de pesca esa mañana y su hijo de paseo con su novia, como únicos familiares.
Tratando de encontrarle una solución a la deuda, se llamó por teléfono a casa de su comadre como última instancia; quien fue en busca del muchacho, quien vino a conocer de las dificultades de su madre, conseguir el dinero de la elevada cuenta y llevársela del lugar.
Ustedes querrán saber si su marido se enteró de semejante barullo. Pues al momento en que madre e hijo se marcharon del restaurante, el hombre no había llegado a casa, según referencias del muchacho.
El Autor.
El anterior relato corresponde a la realidad y ocurrió en la ciudad de Palmira, Colombia, el día 22 de junio de 1986.
Jorge Londoño Ariza