Palmira, una ciudad que endulza.

Palmira, Valle del Cauca, Colombia.

Crónicas y relatos

Ricardo Nieto

Ricardo Nieto

Nació en Palmira el 20 de octubre de 1878 y murió en Cali el 22 de agosto de 1952. Estudió Humanidades en la Universidad del Cauca; posteriormente, se graduó en Derecho y Ciencias Políticas en esta misma universidad. Al margen del ejercicio de esta última profesión, fue tambien periodista y educador. En algunas de sus incursiones políticas, habituales en los escritores de su tiempo, resultó electo diputado y representante a la Cámara.
Su poesía, signada por el énfasis sentimental y por la nota frecuente mística, fue recogida, en buena parte, en los volúmenes: Cantos de la noche y la Oración del rocío. A Palmira le escribió el poema Canto a Palmira, de donde es inspirado nuestro escudo municipal.
En vida, recibió de sus contemporáneos y paisanos más de cien condecoraciones y trofeos, entre ellos, el primer premio en los Juegos Florales de Cali, el Escudo de Oro del Concejo Municipal de Palmira y la Cruz Roja de Boyacá.
Nuestro artista palmirano fue coronado con el Laurel de los Poetas y de los Elegidos en 1930.

Canto a Palmira

Ricardo Nieto
1878 - 1952

Verás, tierra de mi alma, tierra del alma mía,
el ave migratoria que alzó su vuelo un día
hoy vuelve al sitio amado donde su nido fué;
aún trae sobre las alas el polvo del camino,
en sus pupilas agua, en su garganta el trino,
y en su interior la fe...
Tierra del alma mía para decir tu gloria
un hijo de tu seno se va a poner de pie!


Adonde fue mi vida tu imagen fue conmigo:
tu sombra bienhechora me dio calor y abrigo;
y en medio de otras voces la tuya siempre oí;
muy frágil, muy oscura, muy pobre fué la historia
del hijo que te besa: si ambicionó la gloria,
fué sólo - Dios lo sabe! - por ti, no más por ti…


En ti mi pensamiento estuvo siempre fijo;
si te llamaba: madre!, me contestabas: hijo!
y en tu regazo entonces la frente iba a posar;
para tus manos suaves jamás fuí yo un extraño,
las mías tampoco - oh madre! - jamás te hicieron daño:
son ellas las que ahora te quieren abrazar!


De noche… un hombre escribe. Mientras escribe, piensa
en ti, tierra del alma. Y va la sombra densa
que envuelve lo pasado cayendo en derredor;
y van surgiendo en torno, como un collar de rosas,
escenas de la infancia lejanas y borrosas
que al soplo del recuerdo conservan su calor…


Un hombre escribe… y sufre porque en su amor quisiera
que la palabra dócil al corazón tuviera
la brillantez del mármol labrado con cincel;
si fué imposible aquello, no fué imposible - oh santo
cariño hacia la madre! - que al principiar mi canto,
besara con ternura tu nombre en el papel!


Refiere la leyenda que a un rey altivo y fiero
en medio de la vía detuvo un pasajero,
y el rey lo interrogó:
- ¿Quién eres? - ¿Cuál tu estirpe y cuáles tus blasones?...
- Un hombre que te ha dado más glorias y naciones
que las que tú heredaste: Hernán Cortés soy yo!


Así con esa ruda, gallarda gentileza
a aquél que preguntaste tu estirpe y tu nobleza
pudieras contestar.
Tu gloria está en tu mano viril y encallecida
por el trabajo que abre las fuentes de la vida
y es riel sobre la pampa y es barco sobre el mar!


No ostentas en tu escudo ni el águila bizarra,
ni el león que muestra fiero su formidable garra,
ni el épico dragón:
emblema de tu vida y emblema de tu escudo
(si acaso lo tuvieras) sería un brazo desnudo
golpeando sobre el yunque tu propio corazón!


Un siglo há que viniste gentil hacia la vida,
como una flor de ensueño, rosada y encendida
al rayo tropical;
cubrió tu seno virgen la diosa Primavera,
abanicó tu rostro moreno la palmera
y te hizo un nimbo de hojas la sombra del guadual.


Bajo el azul glorioso, sin nubes, de tu cielo,
y sobre el verde prado, amable, de tu suelo,
cantas al Porvenir.
El himno de los fuertes que aguardan esa hora
en que aparece roja, como una flor, la aurora,
y llevas como lema: luchar, vencer, vivir!


Una montaña erige sus torres al oriente:
al levantarse en ella el sol pone en tu frente
su vívido coral;
y otra montaña irgue su colosal silueta
al occidente, y tiñe con tonos de violeta
tu manto de esmeralda magnífico y triunfal!


Un himno fué tu vida: el himno del trabajo
que va rompiendo bosques y va cortando a tajo
la roca que se empina o el agrio farallón;
de tanto herir el suelo tus manos están negras…
¿Qué importa? Esa es tu gloria, y de ello tú te alegras
pues blanco - como el hielo - tienes el corazón!


Tu verso es el Witman: el verso hosco y nervudo
del gladiador que lucha impávido y desnudo,
e imprime en donde pasa la huella de su pie;
el verso que sacude al viento su melena
y va dejando en torno pirámides de arena
y mira a lo que viene y nunca a lo que fué…


Un canto fué tu vida: el canto del progreso:
viviste con los labios abiertos para el beso
que cambia en rubia espiga las piedras del erial;
por eso te han quedado los labios encendidos,
y arrullan tus mañanas los ecos de los nidos,
y cantan tus victorias las dianas del maizal.


Humilde… Siempre humilde como una sensitiva
al verte te adormeces. Pero también activa
levantas, cuando es hora, la frente al huracán,
y miras sin temores, sin miedo, al horizonte…
¿qué importa que se incendie intempestivo el monte,
y que reviente en llamas la cima del volcán?...


¿Qué importa?... Descendiente de indígena y de hispano,
en todas ocasiones sabe tu noble mano
clavar la vieja espada o deshojar la flor;
y sabe, como el indio, decir también las cosas:
- "¿Estoy acaso en medio de un tálamo de rosas?..."
y sonreír ahogando los gritos del dolor!


Así has vivido siempre.
Pasaron ya cien años.
Con ellos van placeres, dolores, desengaños,
como las ondas dulces que corren hacia el mar;
si alguno se llegase a ti en este momento
a investigar acaso cuál es tu pensamiento,
como Bolívar magno, contestarías: triunfar!


Así siempre has vivido.
Pelícano doliente,
clavaste en tus entrañas tu propio pico ardiente
para entregar a todos tu sangre y tu piedad;
y te quedaste exangüe, pero también dichosa,
mirando que tu sangre se transformaba en rosa
y en tu regazo augusto dormía la libertad!


Y así vivirás siempre. Porque tu vida es eso:
amor, piedad, dulzura, fraternidad, progreso;
para el que llora, alivio; para el que sufre, pan;
tener abierta el alma, pero también las manos…
Así te han visto siempre tus férvidos hermanos.
Y así - tierra del alma - los siglos te verán!...

Bibliografía: Casa de la Cultura Ricardo Nieto.

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