Palmira, Valle del Cauca, Colombia

Crónicas y relatos

Cinco lustros de ausencia obligada no han podido hacer de arena las pisadas de este bardo palmirano. Su estrella es más brillante que el olvido y su memoria está impregnada de la gloria que le otorgan los olores del laurel y el mirto.


Fui a Yumbo a visitar un poeta muerto y encontré que todavía estaba vivo. Su imagen, llena de vigor, de empuje visceral, de humor y agudeza mental se transparentaba en todo lo que dejó como legado. Hasta en la foto en la caja mortuoria, su dignidad y paz interior, su bonhomía y carácter decidido se notaban en el rostro claro, en su nariz prominente y en su continente reposado.

Lo pude haber encontrado, si hubiera tenido la fortuna de conocerlo antes, cuando era el Alcalde de esta noble y nublada tierra industrial en 1957, vestido de camisa blanca y mangas largas, en sus pies desnudos unas pantuflas grises y pantalón negro de paño, remangado hasta las pantorrillas. Estaría, tal vez, hablando por el teléfono de pared y timbre con la poetisa Mariela del Nilo o el gobernador o un ciudadano. Alto, corpulento, velludo como un oso, alegre, cargado de afecto.

Manuel Arce nació en Palmira, villa de poetas, de palmas, victorias con alazanes y faroles, y mujeres bellas. Sus padres españoles, Heliodoro y Mercedes, lo trajeron al mundo el 3 de octubre de 1909 en la Hacienda "Vilela", en los terrenos que hoy ocupa el Batallón Codazzi. Estudió el ciclo de primaria en la Escuela Calazans de los hermanos maristas y cursó el bachillerato en el Colegio de Cárdenas. En la Universidad del Cauca inició estudios de Abogacía.

En su juventud, 1929, se alistó en el servicio militar y participó luego como reservista en el conflicto colombo-peruano en 1933, como combatiente de la guerra de los mil días. Durante su estadía en el ejército apartaba sus manos de las armas y escribía. Al presidente Roosevelt le envió un poema y adoptó en el por primera vez el seudónimo de "Marfil".

No pude ver las obras que impulsó como gobernante en Yumbo, pero sé que sus gentes lo llamaban con el apelativo familiar don Manuel. Desde el palacio republicano ya demolido, dejó la impronta de su rienda prolífica. La modernización del acueducto y el alcantarillado, la pavimentación del parque principal y sus calles aledañas y la construcción de la edificación para el servicio del Cuerpo de Bomberos Voluntarios.

Pasaba su tiempo en el hogar hasta la madrugada leyendo y escribiendo. Frecuentó a Alan Poe, a Rubén Darío, a Cervantes, a Hegel y a García Lorca. El modernismo le trazó un camino a su numen y su pluma lo elevó en cantos de alto lirismo con imágenes vibrantes y atrevidas. Su temperamento ecuánime, sus costumbres morigeradas, casi kantianas, apenas si le dejaban tiempo para el sueño. De pronto amanecía y sin decir palabra entraba a la cocina y empezaba a ablandar los fríjoles con pezuña de cerdo para el almuerzo. No importaba su fama de poeta ni su edad, ni el cargo que ostentara. La sencillez y la cercanía de su figura fueron su sello de patricio.

Al lado estarían su esposa Irene Peña, con quien contrajo matrimonio en Cali en 1946. Más tarde sus dos hijas, Melba y Soledad, y los tres varones, Víctor Manuel, Manuel David y Jesús María irían con él a fiestas y a paseos el día siguiente. Madrugarían a Buga, a Pradera o a Buenaventura, al Frayle, al Guadalajara, al Bolo, o a la Bocana para gozar del agua y la comida de olla. Gustaba recoger él mismo la leña, pelaba los plátanos y hasta soplaba con las tapas y las palmas los carbones para sostener el fuego. Era amigo del hogar de amplio patio y largo solar en el Barrio Belalcázar y del paisaje del campo.

Su vocación humanista como poeta y periodista, le permitió conocer a coterráneos como Ricardo Nieto, Helcías Martán Góngora, Mariela del Nilo, Aristóbulo Castaño Mendoza, Amparo Romero Vásquez, Héctor Fabio Varela y le valió el reconocimiento departamental, nacional e internacional. Fue el fundador en 1949 del Círculo de Cronistas "Eustaquio Palacios", en la ciudad de Cali. Su personalidad avasallante, la honestidad y voluntad a favor de la ciudadanía le valieron ser nombrado como alcalde en Vijes, Yotoco, Roldanilo, Jamundí, Pradera, Restrepo y juez en Florida.

Fue enviado en misión diplomática, como agregado cultural, a Chile en 1952 y a Ecuador de 1959 a 1962. Hizo amistad con el poeta del amor, Pablo Neruda y los países del Sur oyeron sus versos en emisoras, teatros y salas académicas. En el Ateneo de Santiago de Chile había sido armado Caballero como poeta que "derrota las tinieblas y eterniza la luz del meridiano".

A partir de 1967 demostró todo su ingenio periodístico en sus columnas de El Tiempo, El Espectador, fue corresponsal de El Heraldo y fundó y editó en Ecuador El Minuto, el Semanario más pequeño del mundo y en 1980 en Buenaventura, otro periódico, Rómulo-Obrero, para hacer homenaje a los trabajadores sufridos de ese Puerto.

Manuel Arce se llamó un día hombre universal y también caballero de los viajes y coleccionista de paisajes. Hombre polifacético vertía en sus versos anhelos e impresiones con vestido, a veces raído, o con andrajos. Pintaba escenas como las de Dante en el infierno de nuestras ciudades o como Baudelaire, la muerte de otro albatros sin alas negras sobre la pista de un bar, podrido por el vino.

Lo puedo oír, sin haberlo visto en vida, declamando con voz gruesa y caliente, su poema Mi Pipa, un poema que merece sitial aparte en la historia de las anécdotas bohemias. Qué realismo, qué fuerza de imágenes y dramatismo lírico:

Mi pipa,
tiene el color taciturno
de los vinos antiguos
y la costra querida
de los grandes toneles

...esta pipa mía tiene historia marítima
Me decía el chino
que la había encontrado
en la maleta de un cocinero ruso
una noche del mar Nórdico
mareado de espuma y tabaco.(1)

Cierro los ojos e imagino que está presente cuando recita En un café nocturno y bajo mi moral al fondo, contemplo su final patético:

En un café nocturno,
mientras llueve
un olor de repollo avinagrado
viene del mostrador...
Lejos... sobre una silla,
se arquea un gato gris;
Un marinero canta
cosas de su país.
Un capitán borracho
estornuda en inglés: ¡yes!
y un reloj da las tres...
Fumando un cigarrillo
contemplo mi cerveza,
recamada de espuma:
Ilusión... ilusión...tal como...
Tal como la bebida,
que se va a la cabeza
sucede con el humo,
que se va al corazón.(2)

Cinco lustros de ausencia obligada no han podido hacer de arena las pisadas de este bardo palmirano. Su estrella es más brillante que el olvido y su memoria está impregnada de la gloria que le otorgan los olores del laurel y el mirto. Por donde pase un soneto suyo o la ráfaga de sus poemas se moverán los montes y se conmoverán los ánimos. La cadencia y la tristeza, el dolor que destilan sus versos o la desesperanza que enseña sus dientes negruscos tienen un sabor agridulce que jamás olvidarán los labios.

Yo te canto estos fragmentos
que van a los ciclones de la vida,
al túnel de la noche,
mientras se descarrilan las horas
buscando el abandono del niño, pobre y triste,
vientos desnudos soplan el camino de muerte!
Es entonces cuando siento más cerca
el hallazgo del grito escondido en la noche.
No tiene una aventura el mar de tus rocíos.(3)

Manuel Arce fue un peregrino en la tierra. Anduvo por oficinas, por entre periódicos, en salas y cocteles, en el ambiente de los puertos, entre el agua de los ríos. Saboreó las ricuras del mundo, como lo describió la frase de Heráclito: "Nadie pasa dos veces por el mismo río". Él supo del placer de viajar, de conocer costumbres, de personajes lúgubres y cardenales con sombrero rojo. Un día, al abrir la puerta cuando llegaba, saludó así a su amada:

Acepta, doña Irene, mis homenajes.
Te saluda mi gorra marinera.
Yo soy el caballero de los viajes
a nadie espero yo, nadie me espera.

Soy un coleccionista de paisajes,
y, además, doña Irene, quién creyera,
sin importarme una higa los pasajes,
viajo en camerinos de primera.

Este viaje por mar valió un terceto,
esta noche de hotel valdrá un cuarteto.
¿No quieres conocer mis equipajes?

Los guardo dentro de esta estilográfica
que siempre escribe la palabra mágica...
Yo soy el caballero de los viajes.(4)

La pluma de Arce Figueroa pudo haber escrito las historias de la guerra donde estuvo, las noches de jolgorio en sus correrías, las noches de poesía en compañía de Neruda, de Nicanor Parra, de Helcías Martán o de Mariela del Nilo. Pudo haber dejado el rastro de sus andanzas como lo hizo aquel sultán de más de mil y una noches con madrugada. El dulce y santo Pablo le dejó este retazo de una noche:
"El tiempo es breve, y anoche tuve tremendos pecados mortales que me hicieron más bella la ardiente compañía de Satán. Estoy, pues, en olor de infierno. Otro día te escribiré más largo. Espero tus cartas.(5)

Deja Manuel Arce Figueroa un libro que tituló La filosofía del impromptus o... la vocación de hacer poemas. Aquí dejó retratado su talante. Él fue un campeón de palabras encendidas y plenas de metáforas dichas en reuniones, sin previo texto. Las palabras e imágenes salían de su boca a borbotones, como el agua que salta de una peña o la lava que ruge desde un cráter. Quienes lo conocieron supieron lo que es repentizar, improvisar con generosidad, fortuna y galanura. Él nació para beber agua, comer del plato, tomar una copa y luego festejar con su palabra. Estaba en su naturaleza hablar, narrar, lanzar andanadas de lamentos por el explotado trabajador o el hambre de los niños en sus covachas o recordar charadas rebosantes de humor, sonidos de barco y ligas de mujer sobre la cama.

A este bardo nos parece que jamás le preocupó la fama. No terminó la carrera de abogado, luchó y disparó desde la trinchera, ocupó cargos diplomáticos, vagó por palacios, ateneos, se codeó con presidentes, arzobispos y rameras. Y lo cantó en sus versos y lo disfrutó en su cuerpo. Su voz varonil, gruesa, dicharachera, tenía una gravedad que caía solemne sobre las orejas de quienes lo oían y conmovía los corazones. ¿Qué más pudo recibir de la vida, de su familia, de las mesas, de los manjares, de los viajes, de la música que oía? Todo lo que hace feliz a un ser humano lo tuvo y lo disfrutó hasta aquel día 8 de octubre de 1987 en que dio por clausurados sus conciertos y sus viajes.

*Este texto fue preparado y leído en el III Encuentro de Poetas de Yumbo el día 20 de octubre de 2011 en el Auditorio–Teatro del Instituto Municipal de Cultura a las 2:00 p.m.
Nota: El autor de este texto aclara que se basa en el testimonio y documentos que su hijo Manuel David suministró y revisó.


(1) Poema Mi pipa. En CD editado por y en poder de su hijo Manuel David Arce Peña en Yumbo.
(2) ARCE FIGUEROA, Manuel. La filosofía del impromptus... o la vocación de hacer poemas.
(3) Ib. La despedida de los niños moribundos. Pág. 53.
(4) Ib. A doña Irene. Pág. 79.
(5) Fragmento tomado de su carta autógrafa de agosto 24 de 1951 conservada por su hijo Manuel David. El texto completo de la carta aparece transcrito en el libro Filosofía del impromptus... o la vocación de hacer poemas. Pág. 9.

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