Palmira, Valle del Cauca, Colombia.
xtraño este diminuto ser que sale de los rincones y parece que naciera viejo del vientre de los escombros, de cuerpo estrecho, ojos saltones, boca sin dientes y un manojo de ocho patas largas. Vive como ermitaño en casas desiertas, cuevas oscuras, bodegas desocupadas y, a veces, debajo de grandes piedras. Se alimenta de moscas, zancudos que buscan su destino entre las paredes de su fortaleza de redes.
Las arañas tienen muchas historias y no son de muertes y susto. Cierto que de su boca salen uñas que matan con veneno a las víctimas que se enredan en sus mallas. Cierto que todas tienen cicuta para atrapar a sus imprudentes visitas. Mas son muy pocas especies las que son de peligro al ser humano. Ni atacan a sus presas si no llegan a su casa. Ellas trabajan tejiendo y el resto del tiempo lo pasan dormitando, visitando flores o caminando por tierra, piedras y arena. Algunas de sus hembras se comen a sus machos durante el apareamiento y por eso se llaman viudas negras. Otras madres se suicidan para dar el primer alimento a sus hijas.
La indefensa araña, la mínima araña —la de cuerpo frágil que puede morir de un pastorejo humano o bajo la pata de un ciervo—, también merece un lugar en nuestra manera de mirar su Arte.
La araña es toda una obra en sí misma con su telaraña donde vive y en la que atrapa su comida. Las hay grises, negras, blancas, amarillas, delgadas como el hilo, gordas, de peludas piernas, de ancas anchas y rollizas, pintadas como con tatuaje, diminutas o enormes como la pollera. El mundo arácnido es numerosísimo y apasionante.
Cuando la araña con sus hileras va dando vueltas y luego atraviesa la red en líneas rectas hasta el centro, se comporta como toda una arquitecta. Desde la esquina donde comienza a desenrollar su ovillo, se lanza en picada extrema y sin paracaídas hasta la otra orilla para enlazar su cuerda. Si uno la mira con ojos de músico, la puede ver como una pianista de alto vuelo. Mientras pulsa teclas construye una sinfonía de redes y espacios delgados para encantar a sus presas entre su melodía de hilos. A ocho manos, en compases largos y silencios delgados, compone la obra en sólo un día, sea invierno u otoño.
También se las ingenia para irse de paseo por las flores y nadar entre mullidas corolas rojas o amarillas. Posa para la foto de Damoiseau y pareciera que retozara entre el néctar escondido en estambres y pistilos. Las arañas se pintan y camuflan como féminas vanidosas y sensibles. Con sus tres pares de ojos en su frente nos miran y se miran en las gotas de rocío, se hacen las uñas y cuidan no caerse de sus tronos enredados para no sufrir rotura de sus frágiles fémures y caderas.
Entre lianas moradas y alfombras rojas, alguna araña se quedará dormida. Luego irá a fabricar su palacio de cuerdas anguladas, tenderá su cuartel y en la esquina esperará al incauto huésped que intente acompañarla en su escondida existencia. Saldrá a su encuentro, le inoculará una pócima y en estrecho abrazo le chupará sus líquidos.
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