Taller de poesía para niños y jóvenes
En los hombros del Samán
Carta abierta a Henry ValenciaPor Mauricio CappelliYo he caminado muchas páginas, pero siempre encuentro algo milagroso en andar con mi soledad en la soledad de Palmira a medianoche. |
Esta tarde que tomábamos tinto en tu casa, hablábamos de la atmosfera en la poesía, de lo necesario que debe ser encontrar ese ritmo íntimo y descifrado que nos conecte con un lugar en la memoria, o un instante, o un entorno. La poesía se encarga de anunciarnos que algo cambia, imperceptiblemente, en nuestra alma. Toda ella se ocupa de celebrar que estamos vivos, que somos conscientes de esta música y que el pentagrama de nuestro corazón no termina vacío al final del día. Y yo siento que Palmira está llena de ese lenguaje.
Fíjate, en el parque de Bolívar a las ocho de la noche, con sus piperos tambaleando, sus mendigos arropados por el desamparo y esas muchachas huesudas que pasan con sus chazas suplicando que les compren un chicle; o ese olor a orines en la fuente, a mierda entre las matas. Cada esquina nos pertenece, algo de su bullicio es nuestro, y cada calle ofrece un sonido particular a nuestros pasos, porque la melancolía, el amor o el odio, corren por nuestra cuenta; es el destino. Yo he caminado muchas páginas, pero siempre encuentro algo milagroso en andar con mi soledad en la soledad de Palmira a medianoche.
Aun en su basura abandonada encuentro un decir, porque ese reguero fue hace un instante la cena de un mendigo en la mesita del andén. Buscamos la poesía al atrevernos a ser el otro y en lo inconcluso, en la fe que nos explica que Palmira se está muriendo y que habría que pegarle un tiro como a una perra recién atropellada, porque jadea y jadea y sigue ahí echada. Palmira no es sólo un programa de gobierno, Henry. Ni es sólo su historia. Existe en la voluntad perdida en cada uno de nuestros actos.
Y yo quiero amarla mucho más y por eso quiero irme; para verla desde lejos, sentir que la pierdo y extrañarla. Palmira estará en los parques de Quito, en los coloridos carnavales de Cusco, en la soledad de los salares de Uyuní, en las estrellas que mostrarán mis pasos en Ushuaia y en las enormes calles que ame en Buenos Aires. Si, mi amigo, sobrevivimos de estímulos, somos drogadictos del asombro, y porque la poesía también se trata de no ser más un accesorio de los miedos ajenos y de huir de esta taxonomía del desprecio que envenena a los mendigos con natilla.
Me voy porque quiero ejercer mi voluntad de vivir en el lenguaje y umbilicarme con un Sur cada vez más hermoso y enigmático. Quiero irme, Henry, porque en algún momento de la vida todos debemos ser Ulises. Y ya estoy listo para arrojar mis orillas. Quién se atreva a sentir mi música siempre encontrará tu amistad en mi mochila. Te quiero. Mauro.